IV Domingo del Tiempo Ordinario

Asistimos, con emoción, a los primeros gestos de Jesús como profeta en su propio pueblo y en la región de Galilea. Él ha vivido siempre por allí, sin ausentarse, ni desaparecer por períodos muy largos. Quizá habría ido a hacer algunas comisiones de trabajo y otras actividades, aunque siempre siendo el vecino servicial y presente, al que todos unos veían participar de las actividades comunales, sobre todo la oración en la sinagoga cada sábado. Ahora, después de haber sido bautizado por Juan, Jesús va a empezar a desarrollar la que será su actividad definitiva, el anuncio del reino de los cielos, del reino de Dios como predicador permanente de la palabra. Paralelo con esto, Jesús empezará a poner en práctica una capacidad que sabe que tiene, pero que todavía no ha hecho pública, me refiero a su capacidad de curar.

Dice el Evangelio que, cuando llegó a la sinagoga, encontró a un hombre que sufría una posesión maligna, que un espíritu impuro lo poseía. Esto casi siempre podría verse como una enfermedad mental o una epilepsia, pero en este caso las cosas son un poco diferentes. Sin que Jesús haya hecho nada, algo que había dentro del hombre, un espíritu impuro lo reconoce llamándolo mesías de Dios y acusándolo de haber venido a destruir el mal en la tierra. Jesús le grita, lo manda callar y salir del hombre. A su orden, el espíritu lo obedece de inmediato, sacudiendo violentamente al hombre. Todos quedan sorprendidos con aquel gesto, porque, si bien Jesús es conocido de ellos, no parece ser simplemente un curandero, de esos que se llaman taumaturgos, sino que está entrando en un medio muy delicado y peligroso, el de tener poder sobre los espíritus impuros, algo que podía tener su origen solamente en Dios.

La sanación que Jesús produce de aquel pobre hombre deja a todo mundo asombrado y con la pregunta la boca, porque no saben cómo es que Jesús ahora, no sólo enseña de una manera nueva y llena de autoridad, porque parece tener poder sobre los espíritus impuros que le obedecen. Por supuesto que Jesús comienza a hacerse famoso en medio de todos. Esta nueva faceta en Jesús lo va distinguir de los demás, haciéndolo aparecer ante todo el mundo como alguien muy especial, dotado por Dios de una fuerza milagrosa. La primera lectura de este día nos recuerda un anuncio, del libro del Deuteronomio, que hizo Moisés a sus compatriotas, que Dios convocaría a un profeta como el, como Moisés, que haría presencia de Dios ante las gentes. Moisés vivió su tiempo y murió, y muchos profetas habían venido, unos a dar seguimiento a su trabajo, otros somo falsos profetas, pero este Jesús que está apareciendo ahora les resulta verdaderamente extraordinario.

En la segunda lectura, San Pablo propone a los de Corinto la importancia de dedicarse plenamente a las cosas del Señor. Desde su ángulo, San Pablo les propone incluso quedarse solteros, o vivir como si no tuvieran esposa, porque el que se casan tiene que trabajar por el bien de su esposa, lo cual podría dividir del corazón. Esta visión de San Pablo es simplemente su criterio, porque en realidad nosotros conocemos muchas personas que han logrado santificar su vida precisamente en la unión matrimonial, en el ejercicio del amor y del servicio mutuo, y es precisamente allí donde logran mejorar el mundo y responder a Dios, a Cristo, de una manera inusitada.

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