Evangelio del domingo 23 de noviembre de 2025, Jesucristo, rey del universo.

Diversas circunstancias llevaron a la iglesia a establecer esta fiesta a principios del siglo XX. Sólo que la fiesta ha sido protegida por la liturgia para evitar cualquier exceso o cualquier imagen distorsionada de Jesucristo en su condición de rey. La tendencia de nuestra mentalidad monárquica podría hacernos confundir a Cristo con un rey al estilo de los que conocemos en países como Tailandia, España o Inglaterra. Por supuesto que no es así. Jesucristo poco o nada tiene que ver con ese tipo de reyes, seres acostumbrados al lujo, el exceso y el ejercicio del poder a veces inclinado a la arbitrariedad. La liturgia de este domingo nos presenta a Jesucristo en el punto más alto de su gloria, me refiero a la cruz dónde, además de manifestarse como el más grande porque entrega su vida en favor de las nuestras, ejerce de manera impecable la misericordia que le caracteriza, que lo colma, que lo hace brillar. Jesucristo es rey porque se entregó por nuestros pecados como entraban en batalla aquellos reyes de la antigüedad en defensa de su pueblo, protegiendo a los pobres, a los más débiles, que para entonces eran las viudas y los niños huérfanos, y garantizarles seguridad y la vida. Por eso Jesucristo es el rey del universo, porque ha dado testimonio de su infinita bondad y, como si esto fuera poco, siendo capaz de compadecerse de aquel que moriría junto a él en la cruz, un hombre simple que, en medio del sufrimiento logra reconocerlo como su Señor. Jesús, por eso, le promete «hoy estarás conmigo en el paraíso».

La primera lectura nos permite Entender por qué se nombraba rey a un individuo. Lo primero es que el elegido sea capaz de defender a su pueblo, pero además, que tenga la misma sangre de los suyos. Así podemos entender la maravilla que hizo Dios al enviar a su hijo al mundo para tomar nuestra carne y sangre pues Jesucristo, a quien aclamamos como nuestro señor y nuestro rey, comparte nuestra carne y sangre, más todavía, entrega su vida para que nosotros no tengamos que morir. Hoy se nos llama con toda la fuerza de la espiritualidad a declarar a Jesucristo como nuestro rey, porque él ha sido capaz de entregarse por nosotros sin poner ninguna objeción, sin quejarse por el flagelo ni por la crucifixión. Con su muerte, Jesús de Nazaret logra que Dios firme un pacto con nosotros, una alianza nueva y eterna.

Y la segunda lectura, el cántico de la carta de Pablo a los Colosenses, nos hace entender quién es Cristo. Ese, a quien nosotros reclamamos rey y Señor es, además, la imagen del Dios invisible, que se hizo presente entre nosotros como primogénito de toda la creación. Cristo, la palabra de Dios hecha carne, es por quien fueron creadas todas las cosas, es por quien existe todo y que por hacerse humano es cabeza del cuerpo de la iglesia, a lo que agregamos que es el primero que resucitó de entre los muertos. De esta manera se convirtió en líder de todos y es poseedor de la primacía en todo, pues Dios le entregó toda la plenitud. Nuestro rey reconcilia consigo todo lo que existe en la Tierra y en el cielo y ha restablecido La paz entre Dios y nosotros por medio de la sangre de su cruz. Esas frases hacen lógico el que nosotros hayamos declarado a Cristo rey del universo. Él está por encima de todas las cosas, pero como también comparte nuestra carne y sangre él es, como él mismo lo dijo, el único que hace posible que nosotros podamos acercarnos a Dios, pues nadie va al Padre sino a través de Jesucristo, camino, verdad y vida.

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