Domingo XXXIV del Tiempo ordinario

Hoy celebramos a Jesucristo, Rey del universo. Sólo que cuando se habla del rey se nos plantea, simultáneamente, la idea del juicio final. Todos tememos a esto. Es un temor inspirado quizá en los exámenes de la escuela o el colegio, que ponían a prueba nuestros conocimientos y evidenciaban si sabíamos o no. Equiparar el juicio final a un examen no es acertado. En realidad, nuestro Dios, nuestro Rey, no evaluar nuestros conocimientos, sino que, como decíamos la semana pasada, Él lo que quiere es saber si somos capaces de amar, cuánto hemos amado y si hemos servido a la gente a nuestro lado.

Ya en la primera lectura Dios al constatar el fracaso de los pastores, ha decidido ser él mismo quien asumirá el cuidado las ovejas, que son su tesoro. Él mismo cuidará sus ovejas y las apacentará en justicia, es decir, en santidad. El detalle importante del texto de Ezequiel es que no se trata sólo de cuidar las ovejas, sino que al final Dios distinguirá entre oveja y oveja, discerniendo cuál oveja aprendió y cuál reaccionó a este cariño de Dios amando a los demás. Es, por supuesto, una parábola, un ejemplo.

La segunda lectura, desde la indiscutible certeza de que Jesucristo resucitó de entre los muertos, certifica que, por este triunfo, Cristo, por haber aniquilado a todo enemigo, sobre todo a la muerte, será rey del universo. Él entregará a su Padre el reino, sometiéndose él mismo al Padre para que “Dios sea todo en todos”. Esto conmueve y emociona y nos prepara a ese momento final.

En el texto del santo Evangelio notamos que aparece nuestro Rey y realiza un juicio que no es como los de la tele. Se trata más bien de una asamblea de miembros de una comunidad en la que lo que todos escucharán si fuimos capaces de amar. El texto no habla de abrir libros, de balances o revisiones de nuestros pecados, porque en Cristo nuestros pecados ya han sido perdonados. Lo que sucederá simplemente es que los ángeles del cielo nos separarán, y este verbo es fundamental, separarán a la humanidad en dos grupos, utilizando las imágenes de las ovejas y los cabritos, formando un rebaño la derecha y dejando las otras a la izquierda. A partir de allí Jesús, el Rey, dará su sencilla sentencia.

A los de su derecha, lejos de acusarlos por su mal comportamiento, errores o pecados, les dirá algo muy hermoso: “Vengan benditos de mi Padre, y reciban en herencia el reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo”. El rey ha constatado su capacidad de amar de estos seres humanos que, sin fijarse en detalles, alimentaron, saciaron la sed, alojaron, vistieron, se compadecieron del enfermo y el prisionero, reflejando así, con signos, su propia fe. Al hacer el bien, lo hicieron con Cristo mismo. Los otros, los que no hicieron nada para con el que sufre, simplemente no entrarán en el reino.

Quede claro que cada vez que hagamos algo bueno, o que dejemos de hacerlo “con el más pequeño de mis hermanos” lo estaremos haciendo, o no, con el mismo Cristo. Esto es muy delicado.

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