Domingo X del Tiempo Ordinario

Comparo el Tiempo Ordinario con una laguna serena, de esas que se forman en el transcurrir de los manantiales. Después de los movimientos espumosos de la fuente, de la agitación de la naciente, en los que veo claro los tiempos fuertes: Adviento y Navidad, Cuaresma y Pascua, reflejados en las aguas rápidas y sonoras, estas se acumulan en hondonadas. Allí, muy serenas, se hacen fecundas y hasta quizás reciban algunos pececillos. El Tiempo Ordinario es esa laguna, ese espacio sereno y recóndito que nos permite profundizar en este centro fundamental del año litúrgico: la persona de Jesucristo. Es claro que en los tiempos fuertes también meditamos en Jesucristo, sólo que entonces es en su nacimiento, pasión, muerte y resurrección. En esas lagunas Cristo está sereno, tranquilo, ayudándonos a profundizar su mensaje, su predicación luminosa, enseñándonos a vivir humanamente.

Este es el X domingo de este ciclo. Del I al VII domingos los vivimos antes de ceniza, un domingo se pierde por cuestiones de calendario y dos domingos fueron sustituidos por las solemnidades de la Santísima Trinidad y del Corpus Christi. Por fin hoy recuperamos el tiempo “Per annum” en este X domingo. En el Evangelio de hoy encontramos dos temas importantes. En el primero, Jesús se defiende de aquellos que lo acusan de expulsar a los demonios con el poder del demonio. Esto, dice, es un absurdo, porque lo que está sucediendo más bies es que una fuerza superior a Satanás, Jesús mismo, ha venido para destronarlo, pero eso sólo lo entienden los que tienen fe. La más ardua actividad humana ha sido luchar contra el pecado. Por eso la primera lectura plantea la culpa original y el castigo que ésta produjo para la humanidad, esa maldición que se generó de allí. La esperanza de regeneración brota de Dios y se reflejaría de la enemistad que se anuncia habría de surgir entre una cierta mujer y la serpiente. Ese rechazo es tan promisorio que anuncia que el descendiente de la mujer le aplastaría la cabeza al enemigo.

El otro puesto es una cierta oposición que Jesús recibe de su familia, de sus parientes más cercanos, que consideran que está fuera de lugar, fuera de tono y fuera de orden, hasta el punto de pretender arrastrarlo a la casa para encerrarlo. Oportunamente interviene la madre, que también está tratando de comprender la tarea de Jesús. Ella, que está convencida de que su Hijo debe luchar contra esa maldad que se oculta en la realidad humana, interviene para serenar el severo enfrentamiento. Ella logra que la oposición se reduzca a un llamado a Jesús para hablar con él. Sin responder a lo que le piden, con cierta drasticidad Jesús declara que para él su madre y sus hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la cumplen, es decir: “mi familia son los creyentes”.

Por ello, en la segunda lectura, Pablo dice a los corintios que la fe, lo cual supone creer en que el que resucitó a Cristo nos resucitará a nosotros, esa fe presente en nuestras vidas es capaz de dar testimonio ante los demás y que este es el sustento, el fundamento de vida del cristiano y que esa fe es la que hace crecer el número de los que dan gracias a Dios por ver transformado su corazón. El cristiano sabe, pues, que esa fe le dará vida eterna, por cuanto irá renovando día con día ese hombre viejo que somos para cambiarnos en hombres nuevos. Tendremos, pues, vida eterna, a pesar de percibir cada día que nuestra realidad humana va perdiendo intensidad y camina hacia la muerte natural.

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