Domingo VI de Pascua, Ciclo B

La Pascua empieza su declive, porque todo lo que empieza termina. En este declive nosotros vamos empezando a tener clara en nuestra mente la urgencia de contar con el Espíritu Santo porque en realidad esa era la meta de Jesucristo, dejarnos en manos de su Espíritu. Pero porque en su propia esencia el ya mencionado Espíritu Santo manifiesta, sintetiza y representa la esencia misma de Dios, el hecho constatado por el mismísimo San Juan en su proceso reflexivo de toda una vida, porque es Juan el que logra definir que Dios es amor, las lecturas de este domingo estarán todas girando en torno a este hecho fundamental, porque la presencia del Espíritu es nuestra aproximación definitiva, nuestra inmersión en las profundidades de Dios que en su esencia es simplemente amor.

La primera lectura hoy nos propone un gesto verdaderamente revelador de la naturaleza divina. Vamos a ver cómo Dios decide romper las fronteras de su pueblo elegido para dar por elegida a toda la humanidad. Cornelio, un centurión romano, reflejo innegable de aquel otro centurión al que Jesucristo curó un sirviente, desea ser admitido a nuestra fe, sumergirse en el amor de Dios. Pedro cede a la solicitud con algo de desconfianza, pues no es muy consciente del sentir de su Señor. Ciertamente visita la casa del pagano y entra en ella, e incluso empieza a exponer algunos elementos del reino. No obstante, ante los rodeos que Pedro está dando, el Espíritu actúa con mayor eficacia y, cosa muy particular, confirma a aquellos en la fe que están pidiendo. Pedro comprende el fin que Dios no hace acepción de personas y manda, entonces, que aquellos hombres sean bautizados en el nombre del Señor Jesucristo.

La segunda lectura es una pieza esencial de nuestra fe cristiana. En esta carta encontramos una transcripción precisa y concreta de las reflexiones vividas por Juan, el hijo de Zevedeo que, transcurridos 50 o 60 años desde aquellos días en que actuaba con tanto desparpajo y altanería. Ese mismo Juan hoy viene a pedirnos con urgencia que nos amemos los unos a los otros, señalando claramente que el amor viene de Dios y que el que ama ha conocido a Dios precisamente porque Dios es amor. Juan, transido por el amor de Dios, ahora puede declararlo en voz alta y reconocer a Jesucristo como la víctima propiciatoria por nuestros pecados. Juan no hace sino ser eco de las palabras de Jesús que, en la Última Cena, cuando dice que él ha sido amado por el Padre y que con ese mismo amor él nos ha amado a nosotros. El Evangelio propone con intensidad los nuevos mandamientos de Cristo, que poco tienen que ver con aquellos de Moisés, porque lejos de prohibirnos cosas, en sus mandamientos Cristo nos manda a construir, a hacer aquello de lo que somos capaces, y eso es amar. En ese texto del Evangelio Jesús nos dice algo trascendente, nos explica cuál es su mandamiento esencial: el amor, pero no un amor manoseado, tergiversado o corruptible, sino desde el modelo que él mismo nos dio, es decir, amarnos los unos a los otros como Él nos amó, o sea, siendo capaces de subir a la cruz para morir por la humanidad misma, porque no hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Cristo, además, pondrá ante fuimos quienes nuestros ojos una verdad absolutamente incuestionable y es que nosotros no elegimos a Dios sino que Dios nos eligió a nosotros y nos destinó para dar fruto y que ese fruto sea duradero. El único fruto duradero es el de amar al prójimo como a nosotros mismos, el de amarnos y ejercer así la capacidad que nos viene de haber sido creados a imagen y semejanza de Dios, es decir, porque Dios es amor, como dice el mismo apóstol. Demos señal, pues, de que conocemos a Dios, amándonos los unos a los otros.

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