Domingo III de adviento, ciclo B

¡Alégrense! Se los digo de nuevo: ¡alégrense! Este tercer domingo de adviento se llama Gaudete y veremos algunos pequeños cambios en el presbiterio, como quizá ornamentos color rosa y algunas pocas flores sobre la mesa. En este domingo la Iglesia supone que podríamos hacer un poquito menos de penitencia para aliviarnos en el camino de la conversión. En realidad, no creo que hayamos hecho mucha penitencia, no obstante, es una tradición bonita que conviene mantener. Encendemos la vela rosada.

Continúa iluminando nuestro camino el segundo personaje del Adviento, Juan, el Bautista. No obstante, su intervención es hoy mucho más fuerte que la semana pasada. Hoy lo escuchamos hablar y nos aclara, una vez más, esta vez desde el Evangelio de San Juan, quien es él realmente. Se reconoce enviado por Dios, ciertamente y dice que vino como testigo para dar testimonio de la luz para que todos alcancemos la fe por medio suyo. La gente se acercaba ansiosa para averiguar quién era. Los que llegaban tenían ideas muy distintas sobre Juan, de si era Elías, el profeta, el mesías. A todas las preguntas Juan respondía negativamente y se describía a sí mismo como una voz que grita en el desierto y que está trabajando de manera muy ardua en la preparación del camino del Señor. Una vez más escuchamos de sus labios que, si el bautiza, el suyo no es un bautismo importante, porque vendrá uno mucho más importante que él, a quien Juan no puede, eso ya lo escuchamos, ni siquiera desatarles sus sandalias.

En la primera lectura, Isaías nos habla de algo muy importante, porque nos anuncia la llegada de uno que tendría sobre sí el Espíritu de Dios. Isaías, sin saberlo, está anunciando con toda la fuerza a Jesucristo, aunque todavía no sea el momento de su llegada, Jesucristo que llevará el Espíritu de Dios sobre sí, que tendrá tareas esenciales de transformación del mundo, empezando por el anuncio de la buena noticia a los pobres. Dios nuestro Padre haría todas estas cosas en el momento oportuno y crearía un jardín donde germinaría lo sembrado. Dios producirá justicia y alabanza ante todas las naciones.

Por su parte, Pablo dice a los Tesalonicenses que, como cristianos, deben estar siempre alegres, orar sin cesar, dar gracias a Dios en toda ocasión y hacerlo todo en el Nombre de Jesucristo, porque eso es lo que Dios quiere. Resulta esencial la recomendación que Pablo hace a estos cristianos griegos, porque los apremia a no extinguir la acción del Espíritu, a no despreciar las profecías, a leer la palabra de Dios y quedarse con lo bueno, cuidándose del mal en todas sus formas. La herencia de Dios es la santidad y la santidad es conservarnos irreprochables en todas nuestras dimensiones humanas. Debemos conservanos así hasta la venida de Jesucristo.

Este domingo reitera, pues, la importante tarea de preparar el camino del Señor. No sabemos cuándo vendrá Jesucristo. Lo que sí sabemos, y de eso estamos seguros, es de que no vendrá si nosotros no nos convertimos, si no trabajamos con todas nuestras fuerzas, en la construcción de un mundo mejor. Vendrá si luchamos y asumimos el anuncio de la buena noticia los pobres, para que la injusticia, el dolor y la marginación no sigan haciendo estragos en los hijos de Dios.

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