Domingo III Cuaresma, Ciclo B

Alcanzamos ya el tercer domingo de Cuaresma. La temática de hoy nos pide ser una opción fundamental. Si en el Antiguo Testamento se creía que el camino para llegar a Dios eran los 10 mandamientos, en el Nuevo Testamento el asunto se concluye que ya no será la ley la que me lleve a Dios, sino aquel a quien Dios ha enviado, su propio Hijo, que es, lo sabemos, el camino, la verdad y la vida.

La primera lectura nos plantea el sustrato fundamental de la ley de Dios, los 10 mandamientos que Dios escribió con su dedo en las tablas de piedra y que Moisés entregó al pueblo. Esos mandamientos deben ser cumplidos por el creyente hebreo, con convicción y determinación absoluta. Deben hacer lo que Dios pide, sin olvidar ni dejar cosa alguna, con rigurosidad porque si la ley lo dispone. Es el Señor quien habla, el Dios de Israel, el que lo sacó de la esclavitud en Egipto. Las normas que propone reafirman la idea de que Dios es uno solo. Por eso prohíbe tener otros dioses. Este Dios es invisible y no puede ser representado, por eso prohíbe toda escultura y representación suya. Los mandamientos llevarán al creyente, con un lenguaje de norma negativa, a una senda clara y precisa, aunque no exhaustiva.

Ahora bien, esa permanente auditoría a la que la ley somete al ser humano, llevará a los hebreos a un lenguaje en el que la exigencia superior sea el signo, el milagro, la señal, porque se les hace necesario comprobar la presencia de Dios. Es un Dios invisible, por otra, Dios es exigente y no da tregua en sus normas y sus lineamientos. Ahora bien, mientras los judíos piden signos, la tendencia de los paganos, sobre todo de los griegos es hacer razonamientos minuciosos y alambicados, muchas veces vanos . han vivido en un mundo de filósofos que hasta han entrado en decadencia en cuanto al razonamiento. El creyente cristiano por su parte, dice San Pablo, ya no pide signos ni razonamientos, sino que propone algo absolutamente inaceptable para todos: a Jesucristo y éste crucificado, algo que es rechazado de plano por los judíos y que para los griegos es simplemente una locura. Los cristianos, por su parte, están convencidos de que este Dios crucificado es expresión absoluta de la fuerza y la sabiduría de Dios, la cual es, en todo caso, superior a la religión de los judíos y al vanidoso razonamiento de los griegos.

En el Evangelio Jesús realiza un gesto absolutamente inaceptable para los hebreos, ya que, al declarar impuro el templo, lo purifica expulsando a los vendedores de animales, tirando las mesas de los cambistas de monedas y acusándolos de profanar el templo. San Juan, autor del Evangelio, pone este ges-to apenas en el inicio de su Evangelio. Con ello nos hace ver que, ya desde el principio de su predicación y anuncio del reino, Jesús ha sido condenado a muerte por los sacerdotes, como represalia al ges-to purificador asumido, porque desautorizó el lugar santo por el culto que los sacerdotes realizaban allí. El templo ya está vencido. Su condición de signo ha declinado. Por eso Jesús anuncia su destrucción. Ante el estupor de los sacerdotes, Jesús les pide destruir el templo porque él lo reconstruirá en tres días. Claramente Jesús hablaba del nuevo templo, que es su cuerpo, porque en su cuerpo habita la gloria de Dios. Si Cristo se anuncia como el nuevo templo de Dios, debemos saber que desde el bautismo nosotros mismos somos el templo de Dios y juntos, con Jesús, formamos este templo y hacemos presente a Dios. Por eso debemos a amarnos y respetarnos mutuamente.

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