Domingo II de Pascua, Ciclo B

Dijo Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús reaccionó: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!” ¡Feliz domingo de resurrección!» Estas son las maravillosas palabras que Jesús dirige a Tomás, aquel apóstol tan cercano a él, pero tan incrédulo, tan incapaz de aceptar lo que dice la Iglesia que, llena de la certeza de la resurrección afirma con claridad: «Hemos visto al Señor».

El II domingo de Pascua, fiesta de la Divina Misericordia, se centra y nos estimula a ver la fe como elemento fundamental de nuestra vida, porque sólo que creemos en el Resucitado alcanzaremos la resurrección. El ser humano está llamado por Dios a creer en su Hijo encarnado, que, habiendo tomado nuestra condición humana, asume la muerte de cruz para resucitar. Esto lo afirma el kerigma que hemos escuchado, este mensaje, esa noción breve y concisa, cierta y precisa, que propone a Jesucristo que padeció, murió en la cruz, fue sepultado y resucitó. Jesucristo es la razón de ser de nuestra vida. Creemos en él que, sometido a tanta angustia y zozobra, logró levantarse de la tumba triunfador del pecado y de la muerte. En Él nosotros tendremos el triunfo y podemos levantarnos de este fracaso que nos da el pecado y que se llama muerte. En Cristo tendremos una vida nueva, la nueva vida de los hijos de Dios.

Nacida del costado abierto de Cristo dormido en la cruz, la Iglesia, creyente y evangelizadora, muestra su realidad, su propia existencia, la unicidad de sus criterios, la conjunción de intenciones, para que descubramos que tenemos en común los bienes materiales. Entre los creyentes nadie debería llamar suyo lo que tiene. Si estamos en este mundo y tenemos algunos bienes, debemos saber ponerlos al servicio de los demás. El hambre, la necesidad, la angustia, no deben desvelar a nadie. Los hermanos, los que profesan nuestra misma fe, saldrán en nuestra ayuda en el momento en que las cosas no funcionen.

La segunda lectura es muy clara: «el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; el que ama el Padre ama también al que ha nacido de Él. La señal de que amamos a los hijos de Dios es que amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos». Con estas palabras Juan nos dice que amar y creer son dos acciones propias de una misma persona. El creyente no sólo debe preocuparse por creer, sino que, sobre todo, debe vivir sabiendo amar, amar visiblemente, amar con generosidad, amar de forma radical, manifestando siempre las características de Cristo, que nos amó siempre.

Ahora conviene recordar lo que sucedió al principio del Evangelio, antes de que llegara Tomás. La aparición del Resucitado es de una enorme riqueza. Jesús se hace presente estando cerradas las puertas y entrega a sus apóstoles su don fundamental: la paz, que no es sólo ausencia de guerra, sino gozo y alegría. El que estuvo muerto y ahora vive por los siglos de los siglos muestra sus manos y su costado para que los creyentes certifiquen su realidad, pero, además, les da el Espíritu Santo para que reciban la facultad de perdonar los pecados a quienes se arrepientan. Jesús vive y nosotros, que estamos muertos con Él, contemos con que desde ahora tenemos nuestra vida oculta con Él en Dios.

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