Domingo II Cuaresma, Ciclo B

Avanzar en la Cuaresma, nos dice San Marcos, es como aprender a vivir en el desierto, un sitio inhóspito, vacío, con días calurosos y noches heladas, afrontando las tentaciones del demonio y conviviendo con fieras y ángeles. Es en este camino, arduo y penoso, donde es necesario tomar decisiones, cambiar de vida. Esta es la propuesta de Cristo, que nosotros aprendamos a vivir como él, para que así logremos, a partir de su modelo, transfigurarnos.

Tradicionalmente, el II domingo de Cuaresma plantea este acontecimiento misterioso de la Transfiguración del señor Jesucristo, ese momento lleno de mística contemplación, en que la carne de Cristo se hizo transparente y permitió a aquellos tres apóstoles, los más cercanos a Jesús, tomar conciencia de que su Maestro y Señor, a pesar de que llegara a ser sometido a la muerte de cruz y a la sepultura, triunfaría sobre estos, los enemigos más recios de la humanidad. Esa transfiguración de Cristo debe ser vista como vocación humana, porque Dios, nuestro Padre, que la permitió a Jesucristo, nos la ofrece como una posibilidad: si él, Dios nuestro Padre nos creó para él, no estará plenamente satisfecho mientras nosotros no alcancemos la perfección de Jesucristo y podamos dar el paso, no sólo pasando de la muerte la vida, sino, sobre todo, pasando de la imperfección a la perfección a la que él nos llama.

Quizá un primer elemento de la transfiguración pueda concretarse en una característica que no nos es demasiado grata: la obediencia. En la primera lectura, Abraham cree recibir una orden de Dios, el sacrificio de su propio hijo, el único que tiene, el de la promesa. en vista de que Abraham actúa con diligencia y lo dispone todo para el sacrificio, Dios mismo le impide la horrenda acción. Dios no quiere sacrificios, ni mucho menos humanos, porque lo que busca es un corazón contrito y humillado, un corazón obediente y capaz de someterse al proyecto divino, sea cual sea. Para sustituir al niño Isaac, Dios provee un carnero que no se salva de la muerte. Estamos frente a lo que en teología se conoce como sustitución vicaria. Si aquel carnero sustituye Isaac, Jesucristo, el hijo de Dios hecho carne, sustituirá a toda la humanidad en la muerte, para que no tengamos que morir y obtengamos la vida eterna.

San Pablo, por su parte, certifica la intención fundamental de Dios, nuestro Padre, cual es, darnos el perdón. San Pablo garantiza que Dios está con nosotros y que, si esto es así, nadie debería pretender venir, con autoridad suficiente a pretender quitarnos la vida, o excluirnos de la salvación. El designio salvífico está dado. Nos corresponde entender que, si Dios no nos rechaza, si Dios está dispuesto al perdón, debemos vivir bajo esa esperanza, esa certeza. Ya nadie nos acusa, mucho menos Jesucristo que murió y resucitó por nosotros y está a la derecha de Dios intercediendo en nuestro favor.

Dios ha hecho hasta lo imposible para que nosotros vivamos eternamente con él. Nos toca hacer nuestra tarea, nivelarnos según el modelo de Jesucristo, aceptar la propuesta salvífica de Dios, transformar nuestro corazón, transfigurar nuestra mente para dejar de ser lo que somos y empezar a ser lo que debemos ser, es decir, Cristo en la tierra. Así estaremos con Cristo en el cielo.

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