Domingo de Pentecostés, Ciclo B

Pentecostés. Esta es, sin duda alguna, la solemne inauguración del trabajo apostólico de la Iglesia de Cristo sobre la faz de la tierra. Es cierto que el Espíritu, al menos según San Juan, había sido ya entregado por Cristo a los suyos, tanto en el patíbulo de la Cruz, al morir, porque en este instante Jesús no entregó su espíritu al Padre, sino a sus hermanos, a quienes estábamos representados al pie de la Cruz. También lo da al momento de encontrarse, ya resucitado, por primera vez con los apóstoles reunidos en el cenáculo. Vayamos a lo que sucedió en la tarde del primer día de la semana.

En aquel encuentro, Jesús resucitado, apareciéndose a los apóstoles, sopló sobre ellos y les dijo “reciban el Espíritu Santo”. Con esta insuflación Cristo entregaba a su Iglesia el Paráclito para que pudieran cumplir cabalmente su tarea, llevar la buena noticia todas las gentes. Recordemos que “espíritu”, tanto en griego como en hebreo y hasta en español (aliento), son sinónimo de aire, viento, ráfaga. Viento y espíritu se dicen igual. Así el viento, en la primera lectura, como la espiración de Jesús sobre los apóstoles, en el Evangelio, indican la presencia del Espíritu que impulsa y estimula a la Iglesia, capacitándola para perdonar los pecados. Libres, pues del pecado, los seres humanos podrían vivir la paz del Resucitado, paz que trae consigo alegría y gozo precisamente en ese Espíritu. Al perdonar el peca-do a todos nos libera de la culpa y nos hace avanzar en la senda de la construcción del reino en la tie-rra. Si el pecado nos ata, aunque el corazón quiera avanzar, siempre tendrá un lastre.

La noche del sábado vivimos una hermosa liturgia, la vigilia de Pentecostés. Una misa alargada, con cuatro lecturas del Antiguo Testamento, una del Nuevo, y un Evangelio en que se vive la espera de ese Espíritu que nos dotaría de la experiencia de Cristo. Además, los que estábamos presentes renovamos el sacramento de la Confirmación. La liturgia de hoy es normal. En la primera lectura, por supuesto, escuchamos lo que pasó la mañana de Pentecostés, fiesta hebrea que tiene lugar siete semanas después de la Pascua más un día. Los apóstoles vivieron una experiencia espiritual intensa, porque les fue infundido el Espíritu de Dios con un viento fuerte y unas lenguas de fuego que se destruyeron sobre los presentes en el cenáculo. Gente venida del mundo entero para celebrar la solemne fiesta, escuchaba a los apóstoles y lograba comprender la predicación. Es como si se invirtiera el misterio de la Torre de Babel.

En la segunda lectura San Pablo señala a los corintios la urgencia de contar con la presencia del Espíritu para lograr asumir las diversas tareas y, sobre todo, la obra evangelizadora, porque todos deben saber que somos miembros de Cristo razón por la cual debemos formar un único cuerpo, en el cual cada uno tiene su carisma, su disposición para el servicio de los otros, pero todo ello se logra por la presencia del Espíritu en nosotros. La diversidad que existe en el mundo, no sólo en capacidades, cuanto en orientaciones o gustos, no debe ser obstáculo, porque debe ser unificada y consolidada a través de la acción de un único Espíritu. Debe quedar claro que todos formamos un solo cuerpo y que es ese Espíritu de Dios el que provoca en nosotros ese deseo y capacidad para construir un mundo mejor. Pentecostés es la fiesta de la Iglesia y debemos vivirla intensamente.

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