Domingo de la Ascensión,

La Pascua permite los cristianos contemplar cómo Jesucristo, ya resucitado, se queda todavía un poco con los seres humanos para completar algunos pensamientos, intentar una vez más constituirlos en comunidad, enseñarles a celebrar la Eucaristía, disponerlos a la recepción del Espíritu Santo y enviar-los al anuncio de la buena noticia del reino a la humanidad completa. La Pascua, pues, estos 50 días posteriores a la resurrección de Cristo, son para la Iglesia una oportunidad de oro para consolidarse en la búsqueda de la verdad y prepararse a la gran tarea que Dios dio a la humanidad, salir a convencer a los seres humanos de que Dios nos ama, mostrar a la humanidad el verdadero rostro de Dios, un rostro amoroso, compasivo y misericordioso y, sobre todo, abrir el corazón humano para que entre en contacto con Cristo que es el camino, la verdad y la Vida, única senda para alcanzar el reino de Dios.

Hoy, pues, celebramos la Ascensión del Señor, el momento en que Jesús, terminado el ciclo de su permanencia en la tierra, dicho en lenguaje bíblico, 40 días después de su resurrección, sube a los cielos y es ocultado a la vista de los apóstoles por una nube, signo de su entrada al cielo. Esto nos lo na-rra San Lucas en el maravilloso libro conocido como Hechos de los Apóstoles. Los Hechos son como la segunda parte del Evangelio de San Lucas. Si en el Evangelio se nos habló de la doctrina de Jesús, de su mensaje, de su buena noticia, mezclado con los elementos de la vida del mismo Jesús, en los Hechos nos narra los acontecimientos de la Iglesia, de los que fue testigo, y es una especie de Evangelio del Espíritu Santo. El libro, pues, se abre con la narración del último día de Jesús en la tierra, explicando la preciosa escena de su Ascensión, la sorpresa de los apóstoles y cómo aquellos dos hombres vestidos de blanco prácticamente los regañan por seguir pretender seguir mirando para arriba sin hacer nada. Jesús, que se ha ido y volverá, mientras tanto, lo que nos corresponde es trabajar en las tareas que él nos dejó.

En la segunda lectura de la carta los Efesios, el autor pide la luz de Dios para que ilumine nuestros co-razones y comprendamos el misterio de Cristo, porque ese misterio es lo más importante en nuestra vida de fe, porque en realidad es lo único que nosotros deberíamos buscar comprender. En Cristo está la esperanza a la que Dios nos llama, el tesoro de la gloria, que es nuestra herencia. En Cristo se manifestó el poder de Dios cuando lo resucitó y lo llevó al cielo para sentarlo a su derecha, por encima de toda figura creada en el cielo y en la tierra, poniendo todas las cosas bajo su poder y constituyéndolo Cabeza de la Iglesia que es su cuerpo.

En el Evangelio de Marcos, texto considerado por muchos como un agregado, se nos plantea el man-dato de Cristo: debemos llevar la buena noticia a toda la creación. Debemos proponer la fe en Cristo y que los creyentes se bauticen en su nombre, para que logren obtener la salvación. Los que crean y se bauticen serán los únicos capaces de dominar las fuerzas del mal, de enderezar las sendas torcidas, de alcanzar los horizontes de la fe. En Cristo, el ser humano alcanzará su plenitud. En Cristo seremos llevados al cielo y sentados a la derecha de Dios Padre. Cristo es, pues, la plenitud de la revelación. Él es el redentor de la humanidad completa.

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