Que nadie pretenda que la iglesia está celebrando la simple bendición de un edificio de piedras porque no es así. Es cierto que celebramos la dedicación solemne, hace aproximadamente 1700 años, del edificio que el emperador Constantino regaló al papa Silvestre para que fuera salón de celebraciones litúrgicas y que se convirtió en la iglesia desde la cual el santo padre pastorearía a su diócesis de Roma. No obstante, y a pesar de que celebramos ese hecho histórico, no festejamos a un edificio de piedra sino a la familia cristiana que se reúne dentro suyo, es decir, estamos celebrando a la iglesia de Cristo.
Hoy la primera lectura nos habla de un agua misteriosa que brota del altar en el templo de Jerusalén. Esa agua de bendición va a ir creciendo conforme avanza su derrame y va a purificarlo todo, incluso las aguas del Mar Muerto y con ello purificará al pueblo. El agua produce incluso arboles con frutos deliciosos y hojas medicinales. La visión de Ezequiel destaca la maravilla con la que esas aguas derramadas del templo logran curar, pues, a esas personas, que serán bendecidas con la salvación de Dios.
El santo evangelio es de San Juan. Se nos habla de la purificación que Jesús hizo del templo, que había quedado profanado por el comercio del ritual hebreo. En los sinópticos el pasaje está mucho más adelante, pero Juan ve esta purificación del templo muy al principio con lo cual nos da a entender que, desde muy temprano sacerdotes hebreos habían decidido asesinar a Jesús pues con su crítica arruinaba su enriquecimiento ilícito e inmoral, producto de los sacrificios. La crítica de Jesús viene de su convicción de que el templo de Dios es el sitio en que, con intimidad nos encontramos con él. Pretender hacer de aquel sitio una carnicería, fruto de aquellos sacrificios asquerosos era rebajar la realidad de Dios. El templo debió servir solo para ser sus amigos, dedicarnos a la plegaria, la alabanza, la acción de gracias, no a derramar sangre de sangre de animales o hacer ofrenda de grasa. Esos sacrificios eran totalmente innecesarios pues para nada servían, ninguna salvación lograban.
La segunda lectura, por su parte, sirve a san Pablo para definir un elemento muy especial. En el texto sagrado Pablo nos llama “campos de Dios” y “edificios de Dios”, precisamente porque, con el decir de Jesús a la samaritana, llegaría este día en el que ya no adoraríamos al Padre en templos de piedra sino en el espíritu y en la verdad. Si tomamos conciencia de esto concluimos que el templo de Dios somos nosotros mismos, como también lo son nuestros hermanos, todos que viven cerca de nosotros como también los que viven lejos. Debemos hacer crecer en nuestros corazones la conciencia de que somos el templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en nosotros. Más todavía, ante un mundo de tanta violencia, sepamos que nadie debe atreverse a intentar destruir el templo de Dios, pues el templo de Dios es sagrado, y reitera: “el templo de Dios somos nosotros mismos”. Pretender destruir el templo de Dios es atentar contra Dios mismo al atacarlo en sus criaturas más débiles. Quien lo haga será destruido por Dios mismo.