¿Qué sería de nosotros si Jesucristo no hubiera cumplido su promesa de enviarnos el Espíritu Santo? Es indispensable reconocer que la Iglesia existe y sigue creciendo por la fuerza del Espíritu Santo que la desborda, porque, pretender atenernos a nosotros mismos habría hecho que la Iglesia desapareciera hace muchos siglos. En muchas y muy diversas ocasiones, Jesús prometió a sus discípulos que, junto con el Padre, nos enviarían al Espíritu Santo, el cual tendría la misión de ser nuestro abogado, nuestro compañero, nuestro defensor, nuestro inspirador, nuestro consuelo, nuestro ayudante, porque todo esto significa la palabra “Paráclito”. En un día como hoy, 50 días después de la Pascua, la Iglesia experimentó, desbordante de júbilo, ese momento en el que el Espíritu, como una fuerte ráfaga de viento, porque tanto en griego como en hebreo la palabra viento traduce “espíritu”, descendió sobre los apóstoles y los creyentes, entre los cuales estaba María, la Madre Santísima, mientras estaban reunidos en el Cenáculo. Aquel Espíritu se manifestó como si fueran lenguas de fuego, dando a quienes lo recibieron absoluta libertad y certeza como para salir de ellos mismos, de aquel sitio en que habían estado encerrados, a compartir con todos los que quisieran escuchar, sobre todo los peregrinos que en ese momento estaban en Jerusalén, la buena noticia de Jesucristo, muerto y resucitado. Para sorpresa de aquellos peregrinos, habitantes de todas las regiones de la tierra conocida, el mensaje gozoso y festivo de aquellos hombres y mujeres desbordantes de una fuerza superior, un mensaje dicho seguramente en arameo, resultaba comprensible a todos a pesar de que hablaran una lengua diferente.
Venía sobre ellos, pues, el Espíritu Santo que ya Jesús resucitado había vertido sobre los apóstoles encerrados en el Cenáculo, al anochecer del día de la resurrección. Recordemos que aquella noche Jesús se apareció en medio de ellos estando cerradas las puertas. Jesús, tras desbordarlos con el mensaje de la paz del Resucitado, les mostró sus llagas en manos y costado para que tuvieran mayor certeza de que se trataba de él. Luego, certificando que él mismo había sido enviado primero por el Padre, envió a sus apóstoles, a sus seguidores a la misión perpetua de la Iglesia. Para ello sopló sobre ellos, -recordemos que los elementos viento y espíritu se designan con la misma palabra-, diciéndoles: “Reciban el Espíritu Santo”. Así les transmitía la autoridad para que, en su nombre, perdonarán los pecados del mundo.
San Pablo, por su parte, dice a los de Corinto, como todos nosotros, que el Espíritu Santo es fuente inagotable de gracias y carismas, y que la unidad eclesial viene precisamente del Espíritu, que construye la unidad en la comunidad creyente. Nuestra Iglesia se caracteriza por la diversidad de sus miembros y ministerios, de sus actividades, pero como es un solo Dios el que lo realiza todo en todos, al ser enriquecidos por la fuerza de ese Espíritu, esa acción espiritual nos permite construir el bien común. La Iglesia, pues, tiene como tarea convencer a sus miembros de reconocerse como un solo cuerpo ya que esa corporeidad única es esencial a nuestra condición bautismal. Pretender una iglesia en la que cada cual se realice religiosamente como individuo es sencillamente perder el tiempo. La diversidad de los miembros de la Iglesia unificada por la fuerza del Espíritu que nos colma marca nuestra identidad.