Comentario al Evangelio del domingo 7 de diciembre de 2025, II de Adviento.

La primera figura emblemática del Adviento es el profeta Isaías, quien, como sabemos, nos acompaña este año en las primeras lecturas los domingos y entre semana, por lo menos hasta el 17 de diciembre. En la primera lectura de hoy, pues, Isaías nos habla de un acontecimiento extraño. Dice que está brotando una rama, un brote, una yema del tronco de Jesé. Eso bien pudiera verse como natural si no fuera porque Jesé, que no es sino el padre del rey David, había muerto desde hacía más de 1000 años, es decir, que se trata de un tronco que está seco. Ese rebrote es el Mesías, quien poseería el espíritu de Dios en toda su plenitud. El Mesías tendría, además, actitudes muy especiales pues estará ceñido por la fidelidad y hará que todo cambie por su presencia. Dice, por ejemplo, que, por la paz del Mesías, ya no habrá ataques salvajes entre animales, pues esa profunda paz inunda el mundo. Es claro que la propuesta de Isaías no propone un cambio en el instinto de los animales, sino que, a partir del Mesías, el ser humano podría cambiarlo todo produciendo en los corazones una mejor visión e las cosas. Esas son las raíces del cambio anunciado para el universo, un cambio que se inicia en el corazón humano.

Si Isaías es la primera figura, la segunda figura de este precioso tiempo que preparara la segunda venida de Cristo, así como las fiestas de su nacimiento, es Juan el Bautista, el precursor del Señor. Juan es el centro de nuestra liturgia de hoy pues él viene a preparar la venida del Mesías con todo cuidado, a anunciarla a grandes voces. Esa es la tarea de Juan, el profeta por excelencia. Ese personaje con el que nos une tanto afecto, sabemos que vino como responsable para preparar la llegada del Mesías. Ya el mismo Isaías dijo que habría uno (Juan), cuya voz grita en el desierto y trabaja preparando su llegada. Juan es un poco estrafalario, andaba vestido con elementos burdos, arrancados de la naturaleza, pieles de animales y fajas de cuero sin elaborar. Además, se sustentaría con alimentos que no necesitaban preparación, allí se nos dice que estaría habituado a comer lo que encontrara por allí, y de hecho menciona cosas como saltamontes y miel silvestre. Ese Juan, quien pudo haber disfrutado de los gozos del templo por ser hijo de sacerdote, lejos de hacerlo fue a bautizar en el Jordán a todo el que pidiera perdón por sus pecados, al tiempo en que anunciaría que detrás suyo venía uno que sería mucho más poderoso que él y al cuál no era digno siquiera de quitarle las sandalias.

En la segunda lectura, texto mucho más doctrinal, San Pablo dice a los Romanos que en Cristo se habían cumplido las Escrituras, por cuanto es el portador de la constancia y el consuelo, permitiéndonos mantener la esperanza, para poder atesorar en nosotros mismos los mismos los mismos sentimientos de Cristo Jesús, que se proponía crear en nosotros un solo corazón para glorificar a Dios, el Padre. Por ello san Pablo propone a quienes leamos su carta que ser acogedores como Cristo, pues Jesús mismo sabe que vino a darnos testimonio y a ayudarnos a cumplir las promesas hechas a los padres, promesas que se cumplen en el mundo, no sólo para el bien de los judíos sino también para los paganos. La venida del Mesías es un beneficio para la humanidad, pues no se restringe ni se concentra a un solo pueblo, sino que enriquece a todos los seres humanos.

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