Jesús tenía un estilo muy suyo, pensado desde su interés por la predicación, y al parecer, al menos que nosotros sepamos y desde lo que se ve en los textos sagrados, no tenía por costumbre negarse a participar de reuniones o fiestas a las que lo invitaran, incluso si se trataba de personas que lo adversaban. Hoy, por ejemplo, vemos como es invitado y asiste, sin ningún miramiento, a una cena en casa de uno de los principales fariseos. Suponemos, eso sí, que a esa cena asiste sólo porque los apóstoles no son mencionados por el evangelista. Es interesante como Jesús aprovecha la ocasión para, al tiempo que atrae la atención de su anfitrión y de los invitados, dar a todos consejos importantes, mensajes que podría beneficiar sus vidas. Podríamos decir que casi se trata de una lección de buenas maneras, aunque Dios nunca va a desperdiciar un momento echar una luz en tanta oscuridad.
Lo primero nadie lo esperaría. Seguramente vio que los invitados se peleaban por los primeros lugares poniéndose en ridículo. Según Jesús, cuando nos inviten a una cena, nunca deberíamos buscar los primeros puestos en la mesa, como si fuéramos las personas más importantes. Más bien deberíamos buscar los sitios más apartados, los últimos lugares. Sugiere esto porque sería feo que el anfitrión viniera a movernos de un sitio que evidentemente no nos corresponde, porque vino alguien más importante que nosotros y deberíamos darle el lugar. Segundo que, muy al contrario, acaso se nos vea en aquel rincón y quieran subirnos de categoría. De este modo creceremos a los ojos de los demás. De esto hace un eco maravilloso la primera lectura, Eclesiástico, en qué se nos llama a ser humildes para obtener el favor del Señor, pues Dios se glorifica en el humilde y, como dice la Escritura: “no hay remedio para el mal del orgulloso. Es como si una planta maligna hubiera echado raíces en él”.
Lo otro que sugiere es que cuando organicemos una cena no invitemos a los ricos, los importantes, los destacados, ni siquiera a nuestros parientes. Por el contrario, que invitemos a los pobres, los lisiados, los paralíticos, los ciegos. Ellos no podrán pagarnos y posiblemente nos dirán: “que Dios se lo pague”, lo cual implicará que se nos recompense al fin de los tiempos, en la resurrección de los justos. Esto abre nuestro corazón a una experiencia trascendental, a sentirnos cercanos de Dios, amigos de Dios, y percibamos que eso nos diferencia del pueblo de Israel, que nunca lo llegó a conocer realmente. Ellos, cuando Dios se les acercaba, quizá por su fe endeble, lo veían como fuego ardiente, oscuridad, tinieblas, tempestad. Era tan tremendo el estruendo que ellos pidieron hasta pedían a Moisés que Dios no les hablara, sino que les mandara recados por medio suyo. Al contrario, nuestra relación con Dios es maravillosa, cercana y además apacible, serena, luminosa. Esa cercanía no como la del Israel de la guerra sino de la Jerusalén celestial, con una multitud de ángeles, en la asamblea de los primogénitos. Nuestra relación con Dios es directa y clara, pues nosotros llegamos a Dios por mediación de Jesucristo, su Hijo hecho carne, el único mediador de la Nueva Alianza. Y si podemos estar tan cerca es precisamente porque hemos sido purificados por el extraordinario sacrificio de la cruz, por la sangre de Cristo, que es evidentemente mucho más eficaz que la sangre de Abel, derramada por su hermano.