El Adviento sale a nuestro encuentro lleno de alegría, es el precioso tiempo en el que prepararemos primero la segunda venida de Cristo y más tarde el recuerdo del nacimiento de Cristo, su primera venida. El Adviento es muy útil para muchas cosas. Una de ellas es, sin duda, pensar en el final, incluso en nuestra muerte, en el juicio final. Son los últimos días descritos hoy por San Mateo, evangelista que nos acompañará este año. En su capítulo 24 dice que la segunda venida de Cristo no será espectacular, como muchos pensábamos, sino que él vendrá a desapercibido, como en tiempos de Noé, en los días que precedieron el diluvio. La actitud fulgurante y urgente que nos plantea el Adviento se vincula con un propósito básico: la espera ansiosa. Debemos estar prevenidos porque no sabemos el momento en que aparecerá Cristo y, como no lo sabemos y puede suceder en cualquier momento, es mejor que cada cual tome conciencia de su propia condición sometiéndose al proyecto de Dios en Cristo. Nuestro Señor vendrá a la hora menos pensada, como el ladrón que nos quiere robar. Por eso debemos tener esa actitud cuidadosa: una espera ansiosa y vigilante.
El que viene es Cristo, nuestro redentor. San Pablo, en la carta los Romanos, señala que no debemos dormir más, sino estar despiertos, porque la salvación está ahora mucho más cerca de nosotros que nunca. Pablo insiste en que la noche está muy avanzada y que se acerca el día. El cristiano debe ser consciente de sí mismo. Nosotros no estamos en la vida para no hacer nada, para echarnos en la mecedora a ver lo que nos dé la vida sin idea del futuro. Al contrario, el creyente convencerse completamente de que lo suyo no es la irresponsabilidad sino estar en constante vigilancia y actitud positiva. Cada cual abandone sus obras oscuras, sus aventuras sin sentido, llenas de irresponsabilidad. Debemos vestirnos con la armadura de la luz y asumir ese contraste entre día y noche que es fácil de entender en la propuesta de San Pablo. De noche, de fiesta, de juerga, nos damos al exceso. Tomemos conciencia, en las fiestas que vienen, que a muchos los desbordan sus pasiones, sus deseos, sus intereses. Basta de excesos en la comida y la bebida, basta de lujuria y libertinaje, de pleitos y envidias, dice Pablo. Debemos saber asumir la senda de Jesucristo, sobre todo nosotros, costarricenses, que estamos preparando una elección general de nuevos líderes, dentro de muy poco tiempo.
Debiéramos dedicar nuestro día a meditar en las palabras de Isaías que se nos proponen en la primera lectura. Dios nos anda buscando, pero no para castigarnos o mostrarnos su desprecio o condena. Él nos busca para invitarnos a una fiesta que se realizará en el monte de la Casa del Señor, el cual se alza sobre todas las montañas y a esa fiesta estamos invitados los seres humanos de todas las etnias de la tierra. Todos podremos ir: “Vengan, subamos a la montaña del Señor”, dice el texto. El Señor nos llama a vivir una experiencia mucho más desbordante de las que jamás imaginamos, pero nos pide renunciar a la guerra, a la pugna, a la lucha, al ataque frontal, al desprecio de unos por otros. Más todavía, se nos pide no levantar la espada nación contra nación, pueblo contra pueblo, ciudadano contra ciudadano. Hoy se nos invita al gozo en Cristo y a la paz de Dios. Hoy se nos pide caminar a la luz del Señor.