Jesús ya nos ha dicho, con suma claridad, que no se puede servir a Dios y al dinero. No sé cuántos casos haya conocido en mi vida respecto de familias que se han desbaratado por culpa de una herencia, sin importar si fue bien dividida o no. Nadie queda contento con los repartos, ni queda satisfecho. Por lo menos alguna persona renegará de lo que le tocó o, peor todavía de lo que no le tocó y quedó en manos de ese otro, a quien desde ya empieza a odiar. Debemos saber que en el Israel de Jesús los únicos que heredaban eran los hijos mayores de la familia, mientras el resto tenía que consolarse con las migajas. Lo más importante para aquellos hombres, como sigue siendo para muchos, es que un capital no se divida, sino que continúe en la familia. Cuando “reparten”, y esto sin duda ha pasado miles de veces, al dividirse las grandes fincas o estancias entre los miembros de una familia, ese capital, no sólo irá perdiendo dimensión y prestigio, sino que, además, se irá pulverizando poco a poco, conforme pasen las generaciones. Cuando aquel joven, entonces, le pide a Jesús, – llamándolo Maestro –, que intervenga y obligue al hermano repartir con él la herencia, de inmediato Jesús le responde con un total rechazo, él se declara totalmente independencia de ese tipo de ejercicios movidos por la codicia. Es claro que a Jesús al Padre no lo envió al mundo a supervisar decisiones administrativas. Jesús, luego de rechazar aquella solicitud, pone un ejemplo muy claro, concluyendo con una frase que debemos memorizar: “Cuídense de toda avaricia, porque aún en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas”. El hombre de la parábola, no sólo es muy rico sino, además, muy torpe. Supone que una sola gran cosecha le cambiará la suerte para siempre, lo cual es sencillamente absurdo. Nadie puede ilusionarse tanto por la bondad de una sola temporada. El ser humano ambicioso es insensato.
La primera lectura, tomada del Eclesiastés, propone un punto que resulta el origen de la destrucción de la humanidad, me refiero a la vanidad. Por vanidad se mata, se roba, se aniquila. Luego el autor juega con la codicia y la envidia, hijas de la vanidad, recordándonos que cuando muramos no nos vamos a llevar nada y que todos nuestros esfuerzos se reducirán a una bagatela. De hecho, al final de nuestras vidas, todo lo que tengamos desaparecerá como el humo de una candela, porque no importa cuál sea su esfuerzo de lo que busque con tanta ansiedad bajo el sol, siendo que lo que tenga pasará a otras manos, porque la muerte lo estará aguardando el final.
Por su parte, San Pablo dice a los de Colosas y a nosotros, que si realmente creemos en Cristo, que murió y resucitó, debemos estar seguros de que nosotros mismos resucitaremos con Él, y que por ello desde ahora debemos buscar los bienes del cielo, donde está Cristo sentado a la derecha del Padre. De inmediato propone una de las frases más bonitas de la Sagrada Escritura, cuando nos asegura que debemos vivir como si estuviéramos muertos ya que, si tenemos deseos de gozar de la vida, debemos ser conscientes de que esa vida que anhelamos no está aquí, en este mundo, ni entre los bienes materiales, ni entre esas cosas que ambicionamos. Esa vida está desde ahora oculta con Cristo en Dios. Por eso hay que tener pensamiento puesto en las cosas del cielo y no en las de la tierra.