En este día, por cuanto el 29 de junio, la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo ha coincidido con el domingo, este lo desplaza. Hoy, pues, la Iglesia nos pide reflexionar sobre estas dos figuras cimeras y trascendentales en el desarrollo del cristianismo en el mundo. El primero, Pedro, que consolida la Iglesia en su interior. El otro, Pablo, que la expande hasta los límites posibles en su época. La tradición señala que ambos murieron en Roma, en fechas cercanas, en la década de los 60 del siglo I y sus sepulturas se conservan y son veneradas por la cristiandad en las basílicas de San Pedro en el Vaticano y de San Pablo en las afueras de la ciudad de Roma. La liturgia de este domingo nos lleva desde el sábado por la noche a la contemplación de estos dos bastiones cuya predicación dio a la Iglesia colorido y contenido a partir de la experiencia de Cristo que estos titanes tuvieron, Pedro, el primero de los apóstoles elegidos por Cristo y declarado por el mismo Señor como piedra fundamental de la Iglesia. El otro, Pablo, con un número indefinido de apariciones de Jesucristo desde aquella primera que provocó su conversión, ya que desde ese momento lo transformó en alguien determinante, dedicado por entero a la predicación. A Pablo, además, se le debe haber concebido y dedicado su vida a desarrollar ese género extraordinario, el de las epístolas, con las que logró consolidar la base doctrinal de la Iglesia.
Las lecturas de la fiesta, ya desde la vigilia, sábado por la noche, nos dan un boceto de las figuras apostólicas. El sábado, escuchamos del liderazgo de Pedro y su enorme capacidad para asumir las inspiraciones de Cristo. Pablo, por su parte, en la segunda lectura, comenta a los cristianos del Asia Menor, sus amigos de Galacia, su antigua condición de enemigo de la Iglesia, y como llegó a convertirse en un predicador insigne, no sin haber mantenido constante diálogo con Simón Pedro. En el Evangelio Jesús mismo calibra la accidentada conciencia de Pedro y logra que abandone esa ilusoria presunción que lo caracterizaba para convencerse de que sólo la gracia lo llevará al éxito en el amor de Cristo.
Las lecturas del domingo nos hablan en primer lugar de aquel real peligro que experimentó Simón Pedro ante Herodes, una real amenaza de muerte, y cómo fue rescatado por Dios de la cárcel para que pudiera continuar su tarea evangelizadora. Pablo por su parte, percibiendo su inminente muerte, hace un análisis de su vida con una profunda alegría al caer en la cuenta de que la evangelización asumida ha sido fructífera. Eso ha sido gracias a que el Señor ha estado siempre a su lado, librándolo de todo peligro. El Evangelio nos lleva a la escena en Cesarea de Filipo en la narración de Mateo. Allí, luego de que Simón asume la representación de los apóstoles declarando que Jesús es el mesías, el hijo de Dios vivo, Jesús responde a semejante declaración anunciando a Simón su condición de piedra la cual, una vez trabajada y pulida, servirá para que Jesús construya sobre él la Iglesia. Según Mateo, la Iglesia construida sobre Pedro no podrá ser destruida por el enemigo, pues la muerte no prevalecerá contra ella. Pedro recibiría las llaves del Reino de los cielos, así como la capacidad de atar y desatar en la tierra, a sabiendas de que lo atado y desatado aquí tendría la misma suerte en el cielo. Ambos apóstoles, merecedores de la palma del martirio son vistos por la Iglesia como signo de su semilla bendita.