El señor Jesús sigue azotándonos con su tremenda palabra, tratando de que encontremos la conversión, que asumamos posiciones más serias, más cercanas al Evangelio que se nos ha predicado, que esa Palabra ilumine nuestros pasos. El domingo se lanza con toda su fuerza sobre una idea complicada: que nosotros no vivamos como nos dé la gana, ni nos dediquemos a los placeres más insensatos, ignorando a quienes viven en pobreza, dolor y extrema necesidad. Jesús nos llama a tomar conciencia del mundo que nos rodea, a descubrir la abundancia en que muchos vivimos sin preocuparnos por aquellos que han recibido males en esta vida. El texto fundamental hoy, el Evangelio, nos narra la historia de aquel pobre, Lázaro (“Dios es mi ayuda”) que permanecía tirado frente a la casa de un hombre que tenía muchísimo dinero. Ese hombre rico cometió un error fundamental el cual consiste en acostumbrarse a tener frente a sus ojos la pobreza y a no mirar en ella una oportunidad para servir a Dios. Si el pobre vivía o moría al rico no le importaba, lo que sí era por demás cierto es que el rico tenía que prácticamente saltarse al pobre para poder salir de su casa pues nuestro Lázaro se empeñaba en estorbar en la puerta del rico quizá queriendo sensibilizarlo de alguna manera para que lo descubriera y lo atendiera, lo que no se logró nunca. El texto dice que el pobre murió y fue llevado al seno de Abraham, que el rico murió y fue enterrado. La frase explica las suertes disímiles de los dos personajes.
En la primera lectura se nos avisa que no podemos pretender que la historia continúe sin cambios pues muchos se sienten demasiado seguros y piensan sólo en las bondades y riquezas que han acumulado, comiendo abundantemente, bebiendo sin límites, cantando y bailando al son de instrumentos y creando música que los regocije sin mirar, de ninguna manera, a las personas que alrededor suyo están sufriendo. Jesús anuncia que está por terminarse la orgía de los libertinos. En la segunda lectura san Pablo pide a Timoteo practicar la justicia, la piedad, la fe, el amor, la constancia, la bondad. Es decir, le recuerda vivir como cristiano porque los cristianos contemplamos los problemas de los demás y salimos en ayuda de ellos. Ese parece ser, eso suponemos, el proyecto de Jesucristo que padeció y murió por nosotros.
La segunda parte del evangelio transcurre en el otro lado de la historia, aunque no en el cielo que todavía está cerrado. El rico se descubre en el infierno, sufriendo tormentos, mientras que el pobre está junto a Abraham en el Paraíso. El rico, prepotente y argumentativo, pide a Abraham que mande a Lázaro a humedecerle la lengua pues el fuego lo atormenta. Abraham le aclara que no es posible pasar del Paraíso al Infierno. Entonces el rico le pide que, por favor, envíe a Lázaro a su casa para que prevenga a los otros hermanos y que cambien de vida no sea que caigan en ese lugar tan triste. ”Que escuchen a Moisés y a los profetas” responde Abraham. Pero el rico disiente y propone que Lázaro sea quien vaya porque, “si resucita un muerto” todos se van a convertir. La verdad es que el muerto, hablamos de Jesús, resucitaría tras su muerte y ni aun así el mundo estuvo en actitud de conversión. No se trata de cambiar de vida por miedo o por cualquier otro motivo, como que resuciten muertos, sino de la caridad con la que miremos el mundo que nos rodea y de si de verdad amamos al prójimo como Cristo nos ama.