Comentario al Evangelio del domingo 27 de julio de 2025, XVII del Tiempo Ordinario.

En el Evangelio de hoy el Señor nos enseña a orar. No obstante, su interés no es solamente ese, porque ya veremos que, si bien es cierto a Jesús le parece importante que aprendamos a llamar a Dios con el maravilloso nombre de “Padre”, también quiere que tengamos muy claro que Dios nos ama y que por ello está siempre dispuesto a perdonarnos y a responder ante nuestras necesidades. En ese pasaje de San Lucas pudimos aprender, en primer lugar, que Dios está allí, atento a nuestros problemas, dispuesto a responder de forma adecuada y a ponernos en el camino correcto. Lo hará siempre porque nos ama, repito, porque es un Padre amoroso y siempre disponible. Siempre podría ser posible seamos nosotros los que no sabemos pedir. Es claro que Jesús dice que pidamos, busquemos y llamemos a la puerta, acciones que caracterizas nuestra angustia. Me refiero a que cuando tenemos necesidades acudimos a aquellas personas cercanas para pedir y buscar, llamando a su puerta. Lo mismo tenemos que hacer con Dios. Sólo que en nuestro caso debemos tener claro que lo que nos apremia no son ciertamente bienes materiales, caprichos personales, favores para nuestro propio beneficio. El Señor está siempre dispuesto a llenar nuestra necesidad, y lo hará dándonos su Espíritu Santo, para que sea ese mismo Espíritu nos guíe y si por entrar nuestra vida. Así, pues, no nos gastemos pidiendo a Dios prebendas ni oportunidades, destinos o dignidades. Sepamos pedirle su luz para alcanzar nuestro destino. Su luz es el Espíritu y nuestro destino ese abrazo amoroso que nos aguarda y que lograremos por Jesucristo.

Para estar seguros de que Dios nos ama, echemos un ojo a la primera lectura. Allí Abraham, que sabe que Dios es compasivo, se atreve a pedirle la absolución para un pueblo condenado. No debe pedir esa compasión sobre la nada. Apelará a la misericordia de Dios porque supone que allí debe haber gente buena, capaz de cumplir la voluntad divina. Abraham inicia lo que podríamos identificar un “regateo”, sobre la idea de que Dios no puede destruir a justos con injustos. “Y si hubiera 50 justos”. Ante la sorpresiva actitud de Abraham, Dios acepta el reto. Sólo que el patriarca se da cuenta de que podría no encontrarse con 50 justos y empieza a bajar el número, primero a 45, luego 40, 30 y 20. Al llegar a 10, porque según la tradición hebrea es el número mínimo de personas que pueden alcanzar misericordia de Dios, Abraham abandona el argumento y deja al arbitrio de Dios de suerte de aquella ciudad.

En la segunda lectura descubrimos que el acontecimiento fundamental que nos da acceso al perdón y la misericordia de Dios es precisamente el gesto bautismal que nos sepultó con Cristo y nos hizo resucitar con Él. El texto enfatiza en un hecho incuestionable: nosotros estábamos muertos a causa de nuestros pecados, pero Cristo nos hizo revivir. Él canceló el acta de condenación clavándola en la cruz, y nosotros, a partir de su acción, de su valentía y de su acción heroica, fuimos sacados del ámbito de la muerte y entramos en la posibilidad de, si vivimos como Cristo vivió, ser acogidos, abrazados por Dios, no sólo porque tenemos un bautismo que nos salva y una fe que nos consuela, sino porque, además, al haber escuchado su palabra, hemos sabido ponernos en marcha, exponernos al rechazo del mundo y correr los mismos riesgos que Cristo sufrió durante su vida mortal, es decir, queremos ser cristianos.

Comparta este artículo:

Compartir en Facebook
Compartir en WhatsApp
Compartir en Twitter
Compartir en Telegram
Compartir por Correo Electrónico
Imprima

Comente