Cuánta gente mala en el mundo. Por dicha que uno intenta cambiar y cuando se ve a sí mismo se descubre mejor que muchos otros. Esta es una maravilla de la que salir orgullosos.
¿No sería ésta acaso la manera de razonar de muchos de nosotros ante el apabullante auge de la maldad, del crimen, del delito generalizado? No es evidente la tentación de pretender sentir que somos mejores que los demás. Seamos cautelosos con nuestra manera de analizarnos, porque con mucha frecuencia hacemos comparaciones las cuales, seamos sinceros, parten por lo general de presunciones personales, de maneras de vernos, que están equivocadas. Esto porque nos percibimos con demasiado positivismo y satisfacción al saber que alguna vez salimos victoriosos en pequeñas escaramuzas y batallas y contra insignificantes demonios. Pero, ¿hemos sido acaso nosotros los vencedores?, y esas batallas, ¿fueron acaso tan categóricas y permanentes como para que nos autoricen a estar orgullosos pretendiendo que el pequeño triunfo será para siempre? La verdad es que si, como nos dijo el evangelio una semana de éstas, somos simples siervos que no hacemos sino lo que tenemos que hacer, somos, además, una sarta de pecadores. De manera que no cometamos el error de presumir de nuestras propias virtudes las cuales podrían desaparecer, y de hecho desaparecen en ocasiones, en un abrir y cerrar de ojos, además de que, para ser sinceros, nuestra victoria por sobre el mal posiblemente no sea sino conquista del Espíritu Santo, al cual nosotros obedecimos por pura casualidad.
Nunca pretendamos ser mejores que los demás y, menos todavía, nunca nos atrevamos a compararnos con los que hacen el mal como si nosotros fuéramos los héroes de la novela o tuviéramos algún mérito. Recordemos que solo Dios conoce los corazones y solo él puede juzgar. La primera lectura nos habla de ese Dios justo que nos conoce, no hace distinción de personas y siempre escucha las plegarias, sobre todo la del pobre y el que sufre. Estemos seguros de que es sólo a ese Dios al que debemos rendir culto uniéndonos para ello a los humildes, viviendo intensamente fusionados con ese Dios en el culto profundo que rinde el corazón, fruto contradictorio de nuestra conciencia pecadora con nuestro espíritu de conversión. Y oremos siempre, con un corazón desbordante de humildad y de la autoconciencia de quien se sabe pecador, porque son las oraciones de los humildes las que alcanzan el trono de Dios.
Algo similar dice Pablo a Timoteo en la segunda lectura, lo más importante es saber pelear hasta el fin el buen combate, correr hasta la meta, conservar la fe. Si se nos debilita el alma, si el desasosiego del abandono nos agita, que nuestro corazón esté convencido de que el Señor estará siempre a nuestro lado, dándonos fuerzas. Recordemos que mientras experimentemos la presencia de Jesucristo a nuestro lado podremos seguir llevando el mensaje a los paganos, a todos aquellos que necesitan de la ayuda de Dios. Sólo Él nos librará de todo mal y nos preservará, para que podamos entrar al reino celestial.