La trayectoria de la Pascua tiende ya a declinar. Poco a poco Jesús va preparando a sus apóstoles para la despedida. Como sabe, hemos estado leyendo en el Evangelio segmentos del sermón de la Santa Cena y esta larga sobremesa ha sido el espacio elegido por Jesús para preparar a los suyos al desenlace de su encarnación. En este domingo Jesús plantea a sus apóstoles, y a nosotros, una imperiosa propuesta, una condición sin la cual la Iglesia no puede pretender ser comunidad creyente. Me refiero a la estrecha cercanía que debemos construir respecto de Él, cercanía que nace de una profunda fidelidad a su palabra, porque sólo así lograremos cercanía inmediata con el Padre Celestial. Hoy los apóstoles, la Iglesia entera, comprende que la única posibilidad de vivir en comunión con Cristo es mantenerse en fidelidad irrevocable a su palabra de salvación, ideario que será refrescado perpetuamente en nuestros corazones por el Espíritu Santo que el Padre y el Hijo enviarían. Ese Espíritu permanece con nosotros, nos enseña y continúa recordando todo lo que Jesús dijo, afianzando así nuestra fe. Toda esa práctica de cercanía con el Señor llegaría a producir en nosotros la paz de Cristo, una paz que no se parece a la del mundo, por cuanto fortalece nuestro compromiso, nos permite entregarnos unos por otros, consolida la comunión con Cristo. Es así como lograremos reunirnos un día con el Padre.
En la primera lectura, de Hechos de los Apóstoles, se nos propone precisamente el peligro del cisma, de la división, riesgo que la Iglesia vive todos los días por las diferencias de opinión que hay acerca de este o aquel otro asunto, lo que nos puede llevar a coquetear con la separación, como si los caprichos, los intereses personales, los gustos o incluso las convicciones más profundas tuvieran mayor significado que el sentido fundamental de lo que Cristo predicó, me refiero al llamado a la unidad, a la fraternidad, al amor profundo. Los fariseos que sumieron el cristianismo intentaron que los cristianos fuéramos judíos. Como eso no cabía en el ideario de Pablo y Bernabé, subieron a Jerusalén para conversarlo con las figuras principales de la Iglesia. Así surgió el primer concilio, un diálogo en el que se revisaron las diferencias, se renunció a unos puntos de vista y aceptaron otros. Era necesario estar unidos, mantener la paz. Los cristianos reunidos comprendieron que lo más importante es seguir a Jesucristo en una experiencia religiosa, aunque a veces resulte novedosa y un poco variopinta. De hecho, esto es lo que la hace brillar en el mundo, porque la Iglesia siempre busca el ejercicio de la unidad en la diversidad.
El Apocalipsis, en la segunda lectura, nos habla de esa Iglesia triunfante, la ciudad santa en la cual todos queremos vivir, que no será de la tierra sino que llega del cielo, pues ha sido construida por Dios y baja del cielo, de junto a Él y viene, resplandeciente, para ser morada de Dios con nosotros. Llega bañada de la gloria de Dios, resplandeciente como una joya y en ella no hay templo. Se la describe perfecta, como un cubo, con 12 puertas y con 12 cimientos que llevan los nombres de los Apóstoles del Cordero. Si se dijo que no tiene templo es porque su templo es el Señor Dios Todopoderoso. Más todavía, no tiene ni sol ni luna, pues no los necesita, ya que la gloria de Dios la ilumina. Y termina con una frase encantadora que llena del sentido de la esperanza cristiana triunfante: “y su lámpara es el Cordero”.