Hoy domingo me veo en la obligación de hacer dos comentarios a las lecturas, el primero el del domingo XXI del Tiempo Ordinario, pero hemos de saber que, mientras transcurre el domingo, nuestra parroquia de San Bartolomé celebra también su fiesta patronal. Por ello nuestra comunidad puede elevar el día a rango de solemnidad y por ello usar lecturas propias. Primero asumo las lecturas del domingo XXI.
Enfrentamos a un Jesús que propone lo más molesto e incómodo que hay para una persona con exceso de peso, como quien esto suscribe. Me refiero a eso de la puerta estrecha. El argumento se origina en una pregunta un poco interesada y utilitarista de algunos: “¿Es verdad que son pocos los que se salvan?”. No es raro que una vez más Jesús acuda a su método más común, no responder a lo que se le pregunta sino responder con una advertencia clara y precisa: “Traten de entrar por la puerta estrecha”. Con esta amonestación Jesús deja claro que en el cristianismo las cosas no son tan simples ni superficiales, que la fe implica una consagración personal y un ejercicio óptimo para quienes nos acerquemos a Él buscando respuestas. Elegir la puerta estrecha es signo de conversión, de disciplina y de sabiduría pues debemos aprender a quitarnos de encima lo que no ayuda, lo que estorba, distrae o nos pueda apartar de la senda que Dios nos propone. El Evangelio nos deja claro que de poco vale las devociones o los amagos de santidad artificial, los actos privados de fervor o recogimiento como expresión externa de un corazón que marcha por otras sendas. Eso no salva. Quien nos salva es Cristo. Por eso debemos decidirnos a seguir sus pasos, o como nos dice María, la Madre, a “hacer lo que Él no diga”. Es el encuentro con Cristo, nuestra amistad con Él, nuestro mutuo conocimiento e intimidad, lo que garantiza el resultado.
Todo se logra en la escucha atenta de la Palabra de Dios, según señala Isaías en la primera lectura. Esa palabra que viene de Dios por medio del texto sagrado o de la predicación escuchada, es capaz de modificar nuestra actitud. Por eso es tan sublime el dedicar nuestra vida a tareas tan consistentes y oportunas como ser catequistas o evangelizadores, los cuales son enviados, no por su gusto, sino porque Dios mismo lo quiso. La intimidad con Dios hará milagros en nosotros pues de eso se trata, de que seamos instrumentos de salvación en las manos de Dios para ayudar a los hermanos.
Por eso es tan importante, para nuestra propia actividad evangelizadora, que escuchemos al autor de la Carta a los Hebreos que nos hace ver la importancia de aceptar la corrección que viene de Dios y que Él casi siempre nos hace por medio de quienes nos rodean, que, siendo que sean evangelizadores o no, es decir, que pueden haber sido enviados solemnemente o no, siempre podrían decirnos cosas en Su nombre que, de escucharlas nosotros, podrían sernos útiles para reorientar nuestra vida. Nosotros no estamos llamados a ser simples simpatizantes de Cristo o de la fe. Nuestra vocación es a ser verdaderos seguidores de Cristo, lo cual implica una fornida actitud, una certera inmersión en Cristo mismo, para lo cual se hace necesaria una relación íntima y cercana con el Señor y ser fuentes de verdad para todos.