Comentario al Evangelio del domingo 20 de julio de 2025, XVI del Tiempo Ordinario.

El Evangelio de este domingo nos pone frente a una experiencia que era muy natural en tiempos de Cristo, más bien diría obligatoria. En realidad esa no era una obligación para Israel sino que era válida para todos los pueblos circunvecinos. Me refiero a la hospitalidad, esa urgente capacidad para saber abrir las puertas de nuestra casa a quien necesite auxilio, esa actitud abierta y espontánea que me permita acoger a los peregrinos en casa e invitarlos a la mesa. En el mundo en que vivimos eso se ha hecho esporádico y hasta inexistente, aunque esa es la hospitalidad que hoy manifiesta Marta al recibir en su casa, junto con su hermana María, a Jesús, el predicador. Sólo que Marta, una mujer muy disponible, generosa y dinámica, supone que debe hacer esfuerzos enormes por hacer sentir bien a Jesús. Mientras tanto, su hermana María, más sensible a la presencia del Señor, prefiere sentarse a sus pies para escucharlo. Cuando Marta reclama a Jesús que permitas que la muchacha no le ayude en las tareas del hogar para mejorar más aquel agasajo, Jesús le responde de una manera casi incomprensible. Jesús le pide a Marta entender que, cuando uno recibe en su casa a Dios, no es para nada necesario que lo cubramos de cumplidos, que le demos regalos o hagamos grandes sacrificios. En realidad, ha sido Dios quien decidió libremente venir a mi vida. Por eso lo importante es yo lo escuche atentamente y sepa recibir sabiamente su palabra en la profundidad de mi corazón. Lo demás no tiene mayor importancia.

Algo así es lo que entiende Abraham quien debe recibir a tres peregrinos en los cuales, sin que nosotros entendamos cómo, el patriarca logra reconocer la presencia de Dios, el Altísimo. De inmediato, el hombre moviliza a la casa entera para preparar lo necesario y dar así la bienvenida al visitante, haciéndolo que se sienta acogido y satisfecho, pero luego Abraham permanece de pie junto a su Señor, para escuchar su palabra y atender a sus peticiones. Eso hace posible que de inmediato Dios empiece a derramar sobre aquel amigo suyo sus bendiciones, empezando por el anuncio de la maternidad de la esposa del patriarca, lo cual debe ser visto como la bendición de Dios sobre su casa. Éste es por fin el cumplimiento de la promesa que le había hecho de una descendencia grande como las estrellas del cielo y las arenas de la playa. Cada uno de nosotros está llamado, ciertamente, a acoger a Dios en su casa cuando se nos acerque, y atenderlo de la mejor manera posible, pero lo que más urge es que yo preste atención a la palabra que quiera darme y acoja la bendición que quiera derramar sobre mi cabeza.

La carta a los de Colosas nos da un mensaje maravilloso, que el cristiano debe saber reconocer su vida, su permanencia en la tierra como una tarea fundamental: esforzarme puro hacer que la vida de mis hermanos sea de la mejor manera posible, decidirme a darle a esos hermanos y hermanas una respuesta que venga desde Dios, desde esa fe que profeso, desde mis propias convicciones, las más profundas. Debo saber entregarles el misterio más grande que ha estado oculto desde la eternidad, que Dios es su Señor y que en Jesucristo está la respuesta que la humanidad necesitaba. Aunque ese ejercicio me cueste la vida. Dice San Pablo a los de Colosas, debo insistir en publicar el anuncio de Cristo y exhortar a toda la humanidad instruyéndola en la verdadera sabiduría. Esa debe ser mi más grande felicidad.

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