Comentario al Evangelio del domingo 16 de noviembre de 2025, XXXIII del Tiempo Ordinario.

Juicio final, final de los tiempos, escatología, parusía, el regreso de Cristo. Todo esto, que nos llena de temor, parece juntarse hoy domingos, al terminar el tiempo ordinario y retornará cuando venga el nuevo Adviento. La iglesia es consciente del término de las cosas, de que todo lo que empieza debe terminar, de que todo lo que nace tiene que morir, e intenta ayudarnos a enfrentar esa realidad efímera, enseñándonos que no somos eternos en esta Tierra, que nuestra existencia concluirá. El evangelio de este domingo trae algo interesante. Los evangelistas, que fueron impactados por la destrucción de Jerusalén y del extraordinario templo en el año 70, mezclaron aquellas ideas de destrucción y muerte, aquel episodio doloroso y desesperante, con el final de las cosas creadas. Por medio de Lucas, Jesús hoy nos pide estar atentos a los signos y, al mismo tiempo, a no dejarnos engañar por los falsos profetas que vendrán en su nombre, intentando embaucar a los creyentes, al intentar convencerlos de que él vendría mañana, o el mes entrante, o el año que empezará en enero. En realidad, el día y la hora de su regreso son algo que, a pesar de ser acontecimientos ciertos y que sucederá, nadie los conoce con exactitud. Jesús, además, asegura que habrá guerras y revoluciones, así como terremotos y otros cataclismos, unidos al hambre y la peste, fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo, pero que eso no necesariamente marcará el final. Según Jesús, la persecución a la Iglesia tampoco disminuirá, sino que arreciará y pide a los suyos no preparar la defensa porque será el mismo Espíritu de Cristo el que dará testimonio en nosotros sobre él ante las autoridades. Jesús garantiza el camino de aquellos que, creyendo en él, enfrenten esos acontecimientos fatales pues: “gracias a la constancia salvarán sus vidas”. Es decir, que la fe sólida nos permitirá aferrarnos a Él con determinación absoluta. Sólo eso nos salvará.

Malaquías, el profeta, en la primera lectura, habla de un día abrasador como un horno en que los arrogantes y los que hacen el mal serán consumidos. El profeta señala, con el corazón lleno de esperanza y de entusiasmo que nosotros, los creyentes, tendremos otro final por cuanto para nosotros, temerosos del nombre de Dios, brillará el sol de justicia que trae la salud en sus rayos.

Al parecer en aquellos tiempos, en algunas ciudades como por ejemplo Tesalónica, algunos creyentes suponían que Jesús regresaría muy pronto, en aquellos mismos días, y se resolvieron a abandonar sus tareas, lo que hacían, renunciando a sus trabajos para, presuntamente, asumir una cierta consagración a Cristo. Claro que, como Jesús no regresó, muy pronto ellos se convirtieron en cargas, pues no hacían nada constructivo, desperdiciaban sus vidas y su tiempo, metiéndose en todo y viviendo en un ocio verdaderamente insano. San Pablo, por ello, ordena a los de Tesalónica apartarse de todo aquel que no lleve una vida según Cristo, único modelo que Dios ha propuesto para la humanidad. El seguimiento de Cristo y de los que son de Cristo, es decir, de la iglesia, nos debe llevar a imitar aquel modo de amar, que es el que Pablo ejerce, trabajando y esforzándose constantemente, aumentando la capacidad de asumir con todo entusiasmo y gozo el seguimiento de Cristo en cada una de las acciones de nuestra vida. San Pablo afirma que, en la espera de Cristo, tenemos que trabajar en paz para ganarnos el pan.

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