Comentario al Evangelio del domingo 14 de diciembre de 2025, III de Adviento, Gaudete.

“Alégrense siempre en el Señor, se los repito, alégrense”. Así empieza la antífona de la misa de hoy, de la carta los Filipenses, capítulo 4. La frase es precisamente la que marca el domingo llamado “Gaudete”, pues significa “alégrense”. La expresión le da tono a una misa con cambio de color en el ornamento, porque se usa color rosa, se permiten unas flores rosadas sobre el altar y la espiritualidad que circunda la celebración está impregnada de alegría y de las manifestaciones de gozo de los creyentes.

Precisamente la primera lectura, Isaías, llama vigorosamente al regocijo del desierto y la estepa, a que haya fertilidad y flores, así como cantos de júbilo, porque se acerca el Señor. No sólo se trata de algo sensorial, es también físico, porque los brazos débiles se van a robustecer, como las rodillas frágiles. De igual manera, a los corazones desalentados el Señor los va a llamar para que sean fuertes. Y no se queda allí. Los ojos de los ciegos se van a abrir, así como los oídos de los sordos, el tullido saltará como un ciervo y la lengua del mudo gritará de alegría. A este conjunto de acontecimientos se le conoce como signos mesiánicos, que acompañarían al enviado de Dios en su paso entre las gentes. Evidentemente eso producirá alegría en la humanidad porque, al menos en principio, lo que todos andamos buscando es el bien común que nos viene como don con Dios nos enriquece. Esas promesas, esos signos que vendrían con la presencia del Mesías, son precisamente los que Jesús propone a Juan Bautista por medio de los discípulos que ha enviado a interrogar a Jesús, indagando acerca de su vocación esencial. La pregunta del Bautista es muy racional y algo imprudente. Juan ha estado esperando el mesías y ya lo señaló entre las gentes, pero no está viendo la acción mesiánica que él esperaba reflejarse, cambios radicales que le dieran serenidad. Por el contrario, Juan está percibiendo que nada pasa, que no hay cambios, que las cosas parecen seguir igual. En aquella sensación es donde Juan plantea esa pregunta algo atrevida: “¿eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?” La respuesta de Jesús nace de una breve reflexión y está revestida del testimonio de los profetas. Jesús les dice que vayan y cuenten Juan lo que han visto y oído, pues es lo que anunciaba Isaías: los ciegos ven, los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres”. Con eso Jesús, de un modo velado pero muy elocuente, está confirmando al Precursor que ha hecho bien su trabajo y que puede morir en paz, que ha sido el más grande profeta, pues anunció la presencia del Mesías entre las gentes. Por eso no hay nadie en toda la historia que sea más grande que él aunque, no obstante, el más pequeño de nosotros en el reino de los cielos es más grande que Juan.

La segunda lectura, un segmento de la carta de Santiago, nos plantea algo importante y es que nuestra tarea, la que tenemos por delante, es confiar en que, a pesar de que los tiempos no parecen encajar en nuestra mente, ni que tampoco se alcanza plenitud, urgen dos cosas: En primer lugar, un alto espíritu de observación; en segundo lugar, una enorme paciencia, semejante a la que tiene el agricultor que tras sembrar, espera el fruto precioso de la tierra aguardando pacientemente a que, cumplido el proyecto, y habiéndose regado el campo, llegue el momento de la cosecha.

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