Comentario al Evangelio del domingo 13 de julio de 2025, XV del Tiempo Ordinario.

El Evangelio de este domingo nos enfrenta a la única alternativa posible para un cristiano, me refiero al amor. Ya el Antiguo Testamento nos hace percibir que Dios orienta todo al amor. No obstante, las ansiedades y presunciones legales del pueblo, la arrogancia de los escribas y fariseos, pospuso el amor y lo hizo sucumbir bajo el peso implacable del legalismo. Cuando aquel maestro de la ley pregunta a Jesús sobre la senda para alcanzar la vida eterna, el Señor lo dirige sin ambages a la ley, pues la ley de Dios nos manda amar como porque aprendiendo a amar a Dios podríamos amar al prójimo como a nosotros mismos. Aquel hombre, que se dejaban llevar por la letra, exagero un poco y aseguró que no sabía quién era su prójimo. Jesús le va a dar vuelta al argumento, ya que al prójimo no está por ahí tirado. Yo debo descubrirme a mí mismo como prójimo de los demás por cuanto decido acercarme a ellos y ayudarlos en sus necesidades. Esa es la ley de Dios que Jesucristo actualizó y poniéndonos en primera fila, como servidores de un mundo hambriento de amor. Para aclararlo, Jesús propone una de sus parábolas más hermosas. Dice que un hombre cualquiera es asaltado en un camino y dejado medio muerto. Lo ven un sacerdote y un levita, pero se rehúsan a acercársele pues vienen del templo, es decir, de purificarse, y según la ley hebrea, entrar en contacto con sangre significaría volver a la impureza. Sucede que por ese paraje caminaba un personaje inaceptable, un hombre despreciable e irrespetuoso de la ley: un samaritano. Resulta que éste si se sintió urgido por Dios para ayudar a este pobre hombre, no sólo curándolo allí mismo sino llevándolo a una posada y pagando por el hospedaje mientras se restablecía, asegurando al posadero los que pagaría a su regreso lo que se gastara demás. De inmediato Jesús busca redirigir al fariseo diciéndole “¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?”, Es decir, interrogándolo acerca de quien se portó como prójimo, quien se acercó para ayudar. De inmediato el doctor de la ley responde que el que fue compasivo. Tome en consideración que prójimo en español está muy cerca de la palabra “próximo”. De hecho, son la misma palabra. Si soy cristianos se aproximarme a mi hermano para ayudarle a solucionar sus problemas.

La primera lectura, del Deuteronomio, nos hace ver con claridad que ese mandamiento del amor no está allá lejos, allá arriba, o allá abajo. Ese mandamiento no está en otro mundo, no está en otro idioma, ni siquiera está en el cielo para que me lo traían desde allá. En realidad, el mandato del amor está muy cerca de nosotros, en nuestra boca y en nuestro corazón. A nosotros nos toca escuchar nuestra voz interior extender nuestras manos al necesitado y ponernos a su servicio.

Eso nos enseña nuestro Señor y Salvador Jesucristo, “la imagen de Dios Invisible, el Primogénito de toda la creación”. Nosotros, que creemos en Él, sabemos que es “el Principio” y que en Él nos reconciliamos con Dios, nuestro Padre. Y seremos discípulos de Cristo cuando nos decidamos, amando a Dios intensamente, a amar al prójimo como a nosotros mismos, sirviendo al prójimo, al que llora, al que sufre, al que pasaba hambre. Si Jesús, la Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia, nos propone este modelo de vida, lo nuestro es seguirlo intensamente, amando sin fronteras y luchando por la paz.

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