Comentario al Evangelio del domingo 10 de agosto de 2025, XIX del Tiempo Ordinario.

Jesús va adelante intentando consolidar la formación de sus apóstoles, aunque teniendo perfectamente claro que muchas cosas ellos tendrían que aprenderlas definitivamente en el camino de la vida, cuando la Iglesia ya hubiera echado a andar y cada uno de ellos se enfrentará con su propia realidad. Hoy el Evangelio se dedica a preparar a los nuevos evangelizadores, que de ninguna manera deben buscar dinero para su propio beneficio, recursos para su propio gozo. De lo que se trata es de independizarse de los bienes materiales dando los a los pobres. La actitud del evangelizador debe ser estar siempre preparado, prácticamente dormir vestido y con la lámpara encendida porque esperamos el regreso de nuestro Señor, que llegará en cualquier momento. Ahora bien, esa espera ansiosa del sirviente al Señor que está punto de regresar a casa, no es sólo porque el amo sea exigente o porque pueda castigarme al no atender sus cosas, sino también por mi propio beneficio, porque si cuando llegara me encuentra velando, se empeñaría en que nos sentemos a la mesa y él mismo se pondrá a nuestro servicio. Cuando Simón Pedro le pregunta si eso lo dice por todos o sólo por aquellos a quienes llama apóstoles, a sus hombres de confianza, Jesús no sólo le señala que los que sirvan al reino directamente tendrán recompensas muy grandes, sino que, además, que el que quiera ponerse al servicio de los demás deberá ser mucho más profundo e intenso, pues al que mucho se le da muchos se le pide.

La llamada que el Señor hace a sus servidores es intensa y parte de las iniciativas con las que Dios ilustró el camino del pueblo desde Egipto hasta la tierra de promisión. Cuando los egipcios habían resuelto destruir a los hebreos, Dios mismo se los arrebató de las manos y, señala el texto, incluso exterminó a los egipcios en una noche tenebrosa. Los que seguimos a Dios debemos estar convencidos de que la salvación que él nos ha prometido vendrá, que es inmensa y que supone también la perdición de los pecadores, de los que maltratan a su pueblo. Todo ese proceso de salvación no es sino la imagen de un proceso que tendrá su realización al final, cuando ya no seremos rescatados de las manos de un pueblo que nos oprime, sino del pecado y la muerte, por medio de Jesucristo, muerto y resucitado.

La fuerza le viene a los creyentes precisamente de ese foco inagotable que es la fe. Empezamos ahora a leer la carta a los Hebreos, un documento que ni es carta, ni es de San Pablo, ni es a los hebreos, sino que consiste más bien en una exposición sistemática de un pensador cristiano desconocido, que propone el misterio de Cristo Salvador a aquellos primeros cristianos de finales del siglo primero e intenta ser columna vertebral del pensamiento que va madurando poco a poco. Esta carta empieza señalando que la fe “es la garantía de los bienes que se esperan, la plena certeza de las realidades que no se ven”, agregando de inmediato, para sustentar esta definición, una serie de acontecimientos humanos experimentados por creyentes del Antiguo Testamento. Estos personajes maravillosos, Abraham, Sara, los profetas, se afianzaron en la fe porque tenía la certeza de que un día Dios cumpliría sus promesas con ellos. Afianzados en la misma fe, que está iluminada ahora por la persona de Jesucristo, nosotros avanzamos por la senda que Cristo traza buscando la plenitud del amor.

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