Comentario al Evangelio del domingo 1 de junio de 2025, Ascensión.

Este es el día perfecto para celebrar al ser humano. A este propósito, decía un obispo muy querido por nuestro pueblo, a partir de un día como hoy, “uno de nosotros es Dios”. Así es. Desde el día de la Ascensión, el género humano, ejemplificado por el más ponderado de sus representantes, Jesucristo Dios y hombre verdadero, se sentó a la derecha de Dios, su Padre, para compartir el trono que le pertenece por cuanto es Dios, aunque agregando a ese trono, satisfecho, a la humanidad completa.El Evangelio de hoy nos propone a Jesucristo despidiéndose de sus discípulos. Empieza enfatizando lo ya vivido, esto es, que el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos. A partir de esto, nos envía como testigos delante del mundo que esta sediento de verdad. Asegura que nos fortalecería con la presencia del Defensor, es decir, del Espíritu Santo, para poder anunciar su Nombre en el mundo entero, garantizando para todos el perdón de los pecados. Luego de anunciarles estas cosas dice el texto sagrado que Jesús, en las cercanías de Betania, mientras los bendecía se separó de ellos y fue llevado al cielo. Con esa despedida solemne y muy poco deseada, a los apóstoles, los discípulos y a nosotros mismos no nos queda otra cosa que continuar la tarea evangelizadora por el mundo.

En la primera lectura, por su parte, el inicio del libro de los Hechos de los Apóstoles, Lucas nos narra los hechos con algunas sutiles diferencias. En el pasaje deja claro que algunos apóstoles estaban todavía inseguros sobre lo acaecido. Jesús les enfatiza la tarea de que deben ir hasta los confines de la tierra, a ser sus testigos. De nuevo se dice que Jesús fue elevado al cielo agregando que es ocultado a la vista de ellos por una nube. En la nube descubrimos la realidad divina que absorbe a Jesús para siempre. Simpática la aparición de esos dos personajes que, vestidos de blanco, llaman la atención a los apóstoles que siguen pendientes del cielo porque lo suyo, lo propio de los predicadores, es ir a atender al mundo, anunciando que Jesús un día vendrá de nuevo para llevarnos con él. El salmo 46 de forma misteriosa, con una sola frase pareciera garantizar desde la profecía de lo que estamos viviendo. Se nos hizo responder: “Dios asciende entre aclamaciones, el Señor al sonido de trompetas”.

La segunda lectura, por su parte, con toda la fuerza de que Pablo puede aportar, pide para nosotros un espíritu de sabiduría y de revelación que nos permita el pleno conocimiento divino y que podamos valorar la esperanza a la que hemos sido llamados, así como los tesoros de gloria que encierra nuestra herencia. Que recibamos el mismo poder que Dios manifestó en Cristo al resucitarlo de entre los muertos y hacerlo sentar a su derecha en el cielo. Allí, Cristo es la cabeza y la Iglesia entera el cuerpo, allí Cristo espera que su cuerpo se reúna con él al final de los tiempos cuando, con toda la fuerza y el entusiasmo del que seamos capaces, hayamos concluido la tarea de anunciarlo en todos los rincones de la tierra y de proponerlo a la humanidad como Redentor, como solución de nuestros problemas más graves, como la plenitud de Aquél que llena completamente todas las cosas.

Comparta este artículo:

Compartir en Facebook
Compartir en WhatsApp
Compartir en Twitter
Compartir en Telegram
Compartir por Correo Electrónico
Imprima

Comente