Comentario al Evangelio del domingo 4 de enero, Epifanía del Señor

La solemne fiesta de la Epifanía, es decir, de la manifestación de Cristo como salvador del mundo, es un testimonio que nos regala san Mateo en su evangelio. El escribió su evangelio estrictamente para los hebreos, para facilitar el acercamiento de los miembros del pueblo de Dios a la persona de Jesucristo. No obstante, en este pasaje Mateo quiere hacer comprender al pueblo judío, esa verdad tan importante, me refiero a que deben a prender a ver en Jesús ciertamente el redentor, pero no sólo de ellos, su pequeño pueblo, sino de toda la humanidad. El sencillo testimonio de Mateo, unos magos que llegan casi de incógnito a la ciudad y que son reorientados por el testimonio de los profetas y del mismo rey Herodes, por fin logran encontrar al Niño y, postrándose ante él, darle unos regalos y proclamarlo como su Dios. Ese texto ha sido enriquecido en la liturgia por otros textos muy impresionantes, trascendentales. El mundo de los profetas conocía este elemento, esta universalidad de salvación, pues formaba parte del plan de Dios desde el principio de los tiempos. Mateo, que ha leído ese material profético, quiere sintetizarlo en el gesto de aquellos magos, es decir, los sabios del Oriente, sin especificar nacionalidad ni origen, que atentos a los movimientos de los astros, se dejan venir desde su Tierra para conocer al rey hebreo que supuestamente ha nacido. Esa es la raíz de la narración, una intuición de unos observadores del espacio celeste que leen, en aquellos movimientos astronómicos, una promesa que se cumple, el nacimiento de un rey profeta.

En la primera lectura, un texto con raíces en el profeta Isaías nos habla de una multitud de seres humanos, de todos los pueblos, que vendrían atraídos a la luz y la gloria del Señor. Isaías asegura que aquellas multitudes caminarían hacia esa luz y que los “reyes”, y de ahí la idea de que los que llegaron al portal de Belén eran monarcas de tierras lejanas, serían atraídos por el esplendor de la gloria de Dios. Esos reyes que vendrían de Saba (es decir, España), así como de Madián y de Efá, refiriéndose a pueblos del Oriente, llenarían de gozo a la ciudad. Aquellos misteriosos personajes traerían regalos muy específicos: “oro e incienso”, mientras pregonan las alabanzas del Señor. Ahora bien, el muy oportuno salmo 72 aporta lo suyo pues nos habla también de unos que vienen desde todos los rincones de la Tierra y garantiza que vendrían de Tarsis y de las costas lejanas a pagar tributo al Dios de los hebreos. Lo mismo sucedería con los reyes de Arabia y de Sabá, es decir, del corazón de África que vendrían con sus regalos a rendir homenaje a aquel que estaba surgiendo como Señor del universo, un nuevo rey que tendría compasión del débil y del pobre, que salvará la vida de los indigentes.

Por fin, la carta de Pablo a los Efesios propone un misterio que ha sido guardado desde siempre en la revelación y que ahora se difunde en beneficio de los extranjeros. El apóstol señala que conserva en su corazón la revelación divina de ese misterio, un misterio que no fue manifestado a las generaciones previas, sino que se revela ahora por medio del Espíritu a los santos apóstoles y profetas. Y Pablo, con toda la fuerza de su condición apostólica manifiesta por fin aquel misterio enorme, cuál es, que también los paganos participan de una misma herencia, son miembros de un mismo cuerpo y beneficiarios de la misma promesa en Cristo Jesús, por medio del Evangelio. Es decir, que la Epifanía revela a la humanidad no hebrea, a la proveniente de toda etnia y cultura, la certeza de que serán asumidos por Dios para la salvación eterna si, como aquellos legendarios personajes, llegan a aceptar a Jesucristo como su Señor y como su Dios.

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