Llegan a término los días del Adviento. La cuarta vela de la guirnalda, ese enternecedor calendario de luces, será encendida hoy para que toda la comunidad creyente se disponga al encuentro con Cristo, Redentor nuestro, que nace en nuestra carne para hablarnos del Padre Celestial, para mostrarnos ese verdadero rostro del Padre, y para, con toda disposición, prepararse a dar su vida por nosotros. Hemos avanzado en este tiempo a través de unos personajes especiales, en primer lugar, del luminoso profeta Isaías, en segundo término, el glorioso Juan el Bautista, el precursor de Cristo, aquel que lo señaló presente entre las gentes y en este IV domingo, cuando brilla la figura de la Madre Santísima. Solo que ella no brilla sola sino que, como una medalla con dos caras, se siente responsable de dar carne al Hijo de Dios que viene como respuesta amorosa del Padre Celestial, pero se hace acompañar necesariamente de su socio, de la otra cara de la medalla, del patriarca San José, por cuanto este descendiente de David será el responsable de dar al Niño que nace el nexo con la genealogía de David, el rey. Es a José a quien le corresponde acoger al niño como hijo suyo y ponerle nombre a fin de que pueda realizar la tarea evangelizadora y asumir la obra de la redención. Recordemos que Jesús significa “Dios salva”.
La primera lectura nos plantea la propuesta de Dios la cual es descrita en forma sublime por el profeta Isaías. Dios propone una joven mujer, que está soltera pero comprometida. Tal es el profundo significado de la expresión “doncella”, que no se refiere solamente a una mujer virgen, sino a una mujer virgen que ya está comprometida para contraer matrimonio. Notemos que la palabra virgen no supone ese compromiso. En el texto de Isaías, la primera lectura de hoy, se nos plantea aquella estremecedora profecía de Isaías al rey Ajaz, precisamente cuando el pueblo se sintió amenazado y temió la inminente invasión de los babilonios. El profeta propone, como señal de Dios, el nacimiento de un niño. Ese niño, el mesías, sería portador de las mejores noticias de Dios, pero para lograr su meta tendría que crecer como todos, poco a poco e ir aprendiendo a discernir entre el bien y el mal. Lo particular es que, en Jerusalén, en esa época, nunca nació un niño que tuviera esas características, y por ello la profecía pareció desvirtuarse. No sabían que sería necesario esperar unos 700 años hasta que la doncella fuera preparada y pudiera dar a luz a un hijo que sería “Dios con nosotros”, porque se dice de otra manera: “Dios salva”.
Por su parte, la segunda lectura es la propuesta de San Pablo a los cristianos de Roma en el primer capítulo de su carta. Allí Pablo describe a Jesús, nuestro redentor, al que conocemos a partir de las profecías de las Sagradas Escrituras. El aporte bíblico nos hace entender esta aparición sublime a quien el mismo Pablo se atreve a llamar Hijo de Dios, a Jesucristo, nuestro Señor. En su texto, Pablo describe a Cristo como nacido de la estirpe de David, lo que nos pone en el contexto con lo mencionado en la primera lectura y en el Evangelio, al aceptar José involucrarse en el desarrollo de este misterio divino. Pablo luego propone que Jesús habría sido constituido Hijo de Dios con poder santificador, definiéndolo como la fuente de la gracia y de la misión apostólica, el que fue llamado a conducir a toda la humanidad a la obediencia de la fe, lo cual sería el signo de la glorificación absoluta de Dios.