Hoy domingo interrumpimos la lectura continuada de los textos litúrgicos del llamado Tiempo Ordinario porque estamos a 14 de septiembre, día en que la iglesia Universal celebra la Exaltación de la Santa Cruz, cuando nos detenemos a contemplar radiantes el instrumento de nuestra redención, la cruz, en la que Cristo se entregó por nosotros. En este acto de veneración reconocemos que Jesús, el Hijo de Dios hecho carne, tomó la decisión de dejarse asesinar por nosotros, dejarse clavar en una cruz para que nosotros no tuviéramos que morir. Esta fiesta la celebramos hoy y es la razón por la cual la Eucaristía se celebra con ornamentos rojos y tenemos lecturas que nos llevan precisamente a contemplar la cruz.
El evangelio plantea uno de los textos más amados por los cristianos, Juan 3,16, en el cual se señala que Dios nos amó tanto que fue capaz de entregar a su propio Hijo para qué, siempre y cuando creamos en él, tengamos vida eterna. Hoy aprendemos también Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo sino para que el mundo se salve por él. El texto es introducido por unas ideas muy particulares. Me refiero a que Juan dice allí que, como la serpiente del desierto, el Mesías debería ser colgado ante el mundo. Por eso la primera lectura, del libro de Números, nos recuerda que, debido a una infidelidad del pueblo, Dios permitió que unas pequeñas serpientes, llamadas abrazadoras, picarán a los hijos de Israel produciéndoles enfermedades y muerte. Cuando Moisés pidió a Dios intervenir, Él dice que, para lograr la sanación, los hebreos contemplen una serpiente de bronce colgada de un mástil. Es como si se propusiera medicina desde la misma enfermedad: si la humanidad engendraba su muerte con la culpa, contemplar a un humano levantado en alto los curaría. Por eso en Juan 3,14, Jesús asegura que así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así el hijo del hombre, es decir, Jesús mismo, debería ser levantado en alto para sanar a la humanidad del peor mal, del más destructor: la muerte.
Por su parte, la segunda lectura, carta a los filipenses, plantea el himno llamado de la kénosis, la humillación. El breve himno, concebido por alguna comunidad creyente para describir la acción salvífica de Jesucristo, declara como aquel que es Hijo de Dios acepta separarse momentáneamente de su condición divina, tomar la condición de esclavo, pasar por uno de tantos y someterse a la muerte, pero la peor muerte, muerte en cruz. Ese proceso de aniquilación aceptada por el que es Dios hecho carne, es recompensado por Dios, el Padre, con un proceso de profunda exaltación, ya que la entrega sumisa y obediente es recompensada por una inmensa exaltación que empieza claramente con la resurrección, pero que además declara que al Hijo obediente del Padre Dios se le otorga un Nombre nuevo, como un nuevo rango, porq2ue nos dio la vida. Ante el Nombre de Jesús, que estará sobre todo nombre, se doblaría toda rodilla en el cielo, en la Tierra e incluso en los abismos, o sea el infierno. A Jesús, el que murió y resucitó, se le otorga la condición de Señor por cuanto ha aceptado glorificar a Dios, su Padre, obedeciéndole hasta las últimas consecuencias. Este Dios hombre ha obedecido, desde su humanidad, porque asumió decididamente la voluntad del Padre. Confesamos nos Jesús da la vida al hacer lo contrario que había hecho el Adam, la primera criatura humana, que nos había provocado la muerte.