Jesús nos hace hoy un planteo muy demandante. Nos pide asumir con sabiduría nuestras prioridades, pues los valores del mundo están transpuestos, pues nosotros no terminamos de percibir el orden real de las cosas y muchas veces somos victimizados por nuestras propias confusiones. Jesús con extrema claridad dice, hablando del seguimiento al que nos llama, que si pretendemos seguirlo debemos amarlo más que a ninguna otra cosa en el mundo. De cierta manera Jesús se declara Dios, al que hay que amar por encima de todo, pues insinúa que, amándolo más a él, al enfocar nuestro amor en Dios, haremos que ese amor nuestro no se corrompa ni deteriore. Con suma claridad Jesús nos dice que debemos amarlo por encima del padre, la madre, el cónyuge, los hijos, los hermanos o hermanas, incluyendo la propia vida, y ponerlo a él en el primer lugar. Al planificar la vida así, desde nuestra conversión, podremos concluir la obra sin quedarnos a medio palo y ser la comidilla de la gente. Nuestra conversión supone que la empresa asumida tenga los recursos suficientes para terminar la obra sin quedar en ridículo. El Señor nos pide cargar así nuestra cruz siguiéndolo, amándolo, asumiendo las condiciones de un discipulado genuino. Es el amor de Dios el que le dará sentido a nuestra vida. Podremos amar con pureza y coherencia solo si amamos en primer lugar a Dios, a Cristo. Entonces amaremos a las criaturas y a la creación con una trascendencia jamás pensada. Así nuestro amor no se verá envanecido ni adulterado. Amar a Cristo es entrar en la verdadera escuela del amor, no sólo por amarlo, sino porque amándolo descubriremos el amor con que él nos ama, que lo llevó hasta la muerte por nosotros.
Sólo sumergidos en ese amor verdadero podríamos al fin conocer con serenidad lo que el libro de la Sabiduría menciona como designios de Dios. Sólo amándolo, sumergiéndonos en esa realidad divina, podremos saber qué es lo que Dios quiere de nosotros. Pero, ¿conviene sumergirnos en algo que aparentemente nos es ajeno? Por supuesto. Así entenderemos que el amor nos integra a Dios pues fuimos creados a su imagen y semejanza, así alcanzaremos la plenitud, la gloria y el esplendor a que Dios nos tiene destinados. Eso se llama sabiduría. Recordemos siempre que la sabiduría desde Dios no está ligada al vasto conocimiento de la ciencia, a estudios de posgrado, a la cátedra universitaria o al conocimiento prepotente y altanero. La sabiduría desde Dios está ligada a la capacidad que alcancemos de saborearlo a él, a Dios, de integrarnos a él, de vivir plena y conscientemente su voluntad.
Por eso hoy se nos propone esa segunda lectura, la carta a Filemón, la cual refleja un acontecimiento tan insólito como novedoso. Se nos habla del conflicto de un amigo de Pablo, un esclavista, Filemón, de algún pueblo que Pablo evangelizó. A Filemón se le escapó un esclavo, Onésimo, que tuvo la inteligente idea de ir a refugiarse con san Pablo. Dos años después Pablo intenta devolvérselo al amo, y lo manda con una carta en la cual el apóstol sentencia a su amigo, con las mejores palabras, para que tenga mucho cuidado cuando acoja a quien antes fue su esclavo pero que ahora ostenta la categoría de hijo de Pablo e hijo de Dios. Debe ser sabio y hábil, pues, como cristiano debe saber que no puede tener esclavos, ni guardar rencor, ni vengarse, sino vivir como Cristo vivió, amar a todos, esclavos y libres, como hermanos.