Por fin regresamos dominicalmente al Tiempo Ordinario, en la liturgia de la esperanza, XIV domingo durante el año, iluminando la evangelización. Quizá usted no lo haya pensado, pero eso de “evangelizar”, es un privilegio que Dios le da. Llamarnos a renunciar la buena noticia del reino de Dios a los hermanos y hermanas debiera verse como concesión de que soy indigno y convertirse en obsesión para nosotros. Si he conocido Cristo, si me ha dado su amistad e íntima compañía, ¿cómo querer guardarlo para mi gozo personal? Por el contrario, el que escuchó la palabra de Dios debe saber salir de sí a comunicarla a los demás, porque sabemos que la cosecha es abundante y los trabajadores on pocos. Por eso, tomando conciencia de nuestros deberes y rogando al dueño de los campos que envíe gente para la cosecha, mientras asumo yo mismo la tarea. Porque sería fácil pedirle trabajadores a Dios sin que yo mismo me ofrezca para esa responsabilidad. Los trabajadores, los enviados, son 72 (hay versiones donde dice 70). Sea el número que sea, obedecería un poco al capítulo 10 de Génesis que habla de las 70 (o 72) ciudades que surgieron después del diluvio, construidas por los descendientes de Noé. Si Jesús envía estos nuevos apóstoles a ese número de lugares, declararía que quiere ir a todos los rincones de la tierra.
Pero volvamos a lo del privilegio que nos da el Señor al hacernos partícipes del proceso evangelizador. Según señala Isaías en la primera lectura, la buena noticia, ese anuncio liberador cuyo contenido central es la paz, no debe verse como ausencia de guerra. Nuestro país no conoce guerras armadas desde hace más de 70 años y no por eso vive en paz. Hay violencia interna en las familias, en los que dicen amarse, en los vecinos, en la injusticia social, los salarios bajos, en el tráfico de drogas, la pobreza amenazante. Hay violencia en todo aquello que suprime la paz, incluso en nuestro vocabulario cotidiano. La paz que nos anuncia Jesucristo es ese consuelo del que nos habla Isaías, ese gozo, son nuestros huesos flores idos como la hierba, es la manifestación de Dios, sobre todo a través de su Hijo Jesucristo.
Ahora bien, esa paz, según San Pablo, que es nuestra gloria, sólo se entiende, se vive, se asume desde la cruz de nuestro señor Jesucristo, porque es una paz crucificada. Se trata de una paz en la que yo renuncio a mi propia estatura y condición, evangelizo sin recursos ni posesiones, pues me pongo al servicio de los demás, aunque eso me cueste la vida, posee cosas importantes y cosas que no lo son. Pablo dice que debe llevar en su cuerpo las señales, las cicatrices de Jesús. Se nos llama a trabajar por la paz, a desear la paz a los hermanos. Eso sería lo más importante, pero sobre todo compartir esa paz con la conciencia clara de que, por sí misma, la paz de Cristo es gozo, serenidad, tranquilidad, pues me permite consolar al ser consolado por Dios. Así, el misionero va en pobreza, en vaciamiento total, pues el gozo no de bienes de la ostentación, como tampoco de la presunción, porque el predicador sabe que jamás dirá su propia palabra. Lo que hace es plantear el mensaje de Jesucristo, la buena noticia del reino de Dios. Por eso el anuncio de los enviados para la gente, si los reciben o no los reciben, es: “el reino de Dios está cerca de ustedes”. Soy un privilegiado, soy emisario de Dios, ese es el gozo y a esto dedico mi vida. Mi nombre está inscrito en el cielo frente a eso, ¿qué importa si el demonio es lanzado al infierno?