Comentario al Evangelio del domingo 22 de junio de 2025, Corpus Christi.

Esta fiesta nació para ser celebrada el jueves posterior a la solemnidad de la Santísima Trinidad. Conforme vinieron los cambios de la modernidad y dejó de ser día de asueto, la Iglesia prefirió trasladarla al domingo siguiente, para que todos pudiéramos vivirla juntos, en comunidad, compartiendo el pan de vida, presencia real de Cristo en el pan consagrado y también expresar nuestro gozo de la mejor manera posible sino, sobre todo en una procesión que manifieste nuestra fe.

 

Las lecturas de este año permiten una reflexión interesante. En la primera, del Génesis, se nos propone un personaje misterioso, Melquisedec, un rey que aparece sólo aquí en toda la Biblia y que, siendo sacerdote bendice a Abram, mostrándose superior a él, al tiempo que ofrece un sacrificio de pan y de vino. Melquisedec, de quien no se rebela su principio ni su fin, ejerce en el Antiguo Testamento un sacerdocio cuyo origen se pierde en la noche de los siglos, un sacerdocio que el salmo 109 propone como el que debe asumir aquel que ha sido señalado como hijo de Dios, al manifestarse al mundo.

 

Por su parte, el Santo Evangelio plantea una realidad muy práctica y concreta: el hambre de los pobres debe ser saciada por los creyentes. Jesús predica a una multitud que no tienen nada para comer. Los apóstoles se preocupan ante las necesidades de aquella gente y piden a Jesús despedirlos para que puedan ir a buscar algo para comer. Jesús, aunque tiene la solución en su mente, les responde de un modo desconcertante. Les dice: “denles de comer ustedes mismos”. Así Jesús unifica la línea de toda la historia porque para él los problemas espirituales y los materiales tienen origen en el mismo corazón y deben tratarse de la misma manera. Tras decir esto Jesús multiplica unos pocos panes y peces y logra asociar a aquella multitud llevándonos a pensar que, así como se sacia el hambre material debe satisfacerse la necesidad espiritual. Si la fe cristiana tiene un derrotero, este coincide con algo muy sensible para nosotros: el bien común. Seguir a Jesús supone preocuparnos por el hambre es material como por la espiritual y ese es nuestro signo más importante en la Eucaristía, de preocupación social.

 

La segunda lectura es un precioso texto eucarístico muy familiar para todos nosotros. San Pablo se refiere a una “tradición” recibida por él. Una tradición es algo que existe en la comunidad y que pasa de generación en generación. Quizá sea ésta la primera vez que se consigne por escrito el signo de la reunión litúrgica cristiana y por eso el texto es fundamental. San Pablo describe aquí los gestos y palabras de Cristo en la última cena: partió el pan y lo compartió llamándolo “su cuerpo”. Lo mismo hizo con la Copa, señalándola como el cáliz de su sangre, sangre de la alianza nueva y eterna sangre que se derramaría por la humanidad. Jesús ordena allí mismo que este gesto, partir el pan y compartir el cáliz debe convertirse en la identificación más elocuente de su presencia entre nosotros, lo que nos define como comunidad que vive de la presencia de su Señor y de la preocupación por los más pobres. Esta es la fiesta del Cuerpo y de la Sangre de Cristo que celebramos hoy, esta fiesta constituye la Iglesia.

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