La liturgia de este domingo, rotulado como V de Pascua, nos hace un planteo importante: nos propone el amor. En el evangelio Jesús anuncia su inminente partida, pero sin dejarnos solos. Un elemento importante debemos tener claro, para San Juan la glorificación de Cristo se realiza, cosa muy paradójica, no tanto en la resurrección, que es de por sí su glorificación absoluta, sino antes, en su crucifixión. Jesús anuncia que ahora va a ser glorificado, pero no solo Él, sino también su Padre Dios, que se sentirá complacido, gozoso y satisfecho cuando un ser humano, que sabemos es su propio Hijo hecho carne, obedece su propuesta y asume el plan de salvación de la humanidad. Cristo glorifica el Padre al morir y el Padre glorifica a Cristo al darle la resurrección. Ahora bien, esa glorificación posibilita en nosotros, creaturas humanas, una total comunicación con Dios usando esa herramienta que nos hace divinos, me refiero a nuestra capacidad de amar. Jesús la propone como mandamiento nuevo, aunque en realidad sea antiguo. Él sabe que el amor es la esencia misma de su Padre celestial, más aún, su propia naturaleza, pero propone lo novedoso del mandamiento precisamente en lo que Jesús le da, ya que el amor tiene ahora testimonio, es el de Jesús porque no hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Jesús está dando su vida por nosotros, y nos enseña a hacer lo mismo con los hermanos. Un cristiano se distingue por el amor que da a sus hermanos, un amor visible en gestos y palabras.
En la primera lectura, Pablo y Bernabé regresan de la primera misión de una misión que les tomó varios años. Ellos tienen plena conciencia de que ha sido el amor de Cristo, vivido intensamente, el que atrajo el corazón de los nuevos creyentes. Esto funciona así sin olvidar que, para entrar en el reino de los cielos es necesario perseverar en la fe y aprender a vivir con tenacidad, pues la fe viene acompañada por muchas tribulaciones. Así, el misionero, tras un trabajo duro y demandante, logra regresar a la comunidad de la cual salió para dar testimonio de su labor cumplida, de sus frutos y tropiezos, pero sobre todo de lo que experimentó cuando las personas asumieron ansiosos y llenos de gozo el amor de Dios y lo experimentaron. Predicar es anunciar a Jesucristo, proponer su entrega por todos nosotros, y lograr teñir la vida de todos.
Por su parte, el texto del Apocalipsis nos explica, con la propuesta maravillosa del del cielo nuevo y la tierra nueva, qué significa ser salvos, porque Cristo, al hablarnos del amor, está haciendo nuevas todas las cosas. Si un cristiano quiere transformar su mundo, debe aprender a amar y enseñar al otro el ejercicio del amor. Cuando ese amor haya logrado su nivel, sabremos que nos estamos acercando a Cristo, que aprendemos, que poco a poco responderemos a las necesidades del mundo, y lo haremos con amor, esencia misma de la divinidad. En el amor se hace comprensible esa frase magnífica del Apocalipsis: Dios enjugará nuestras lágrimas ya que en el mundo ya no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor porque ya la gran tribulación término. La obra creadora de Dios descrita en el Antiguo Testamento se actualiza en el Nuevo precisamente por la tarea, la faena realizada por Jesucristo, que sufrió muerte de cruz por nosotros glorificando a Dios y que, al levantarse resucitado, no sólo es glorificado por Dios, sino que, además, nos prepara para vivir eternamente, porque asegura: “Yo hago nuevas todas las cosas”.